Por Cabuérniga y Poblaciones.
Los valles de los ríos Saja y Nansa, que cruzan de norte a sur la región cántabra, ocultan, entre sus frondosos bosques repletos de valiosas especies animales, pequeñas aldeas con todo el sabor montañés que, gracias a su milenario aislamiento, han podido mantener intactos sus ancestrales modos de vida y sus tradiciones más puras.
Podrá el viajero disfrutar de maravillosos parajes naturales, como los de la Reserva Nacional del Saja, y, al mismo tiempo, descubrir las peculiares costumbres y la original artesanía local de estas tierras, de donde partieron los foramontanos, los primeros cántabros que repoblaron Castilla.
Nos adentraremos por tanto en tierras de pueblos muy antiguos donde el folclore y la cultura local marcan el día a día de sus amables y tranquilas gentes. Remontaremos primero el cauce del Saja, que nace al sur de Cantabria, para después recorrer el curso del Nansa, dos ríos cuyos valles se visten de frondosos bosques de hayas, fresnos y robles y que esconden pequeñas aldeas donde perviven las más profundas y puras tradiciones cántabras, las mismas que marcaron la vida de los foramontanos.
La ruta de los foramontanos.
Municipio animado y pintoresco, Cabezón de la Sal debe su nombre y su antigua importancia comercial a sus numerosas minas de sal, que ya fueron explotadas por los romanos. Fue tal la intensidad de esta explotación que, hace relativamente pocos años, hubo de abandonarse por el peligro de hundimiento que corrían la mayoría de edificaciones del pueblo, cuyos cimientos se encuentran asentados sobre filones de sal.
La villa fue, además, uno de los principales puntos de partida de los foramontanos, es decir de los cántabros que, en los comienzos de la Reconquista y obedeciendo a la voluntad del rey Alfonso II, cruzaron el valle de Cabuérniga para llegar hasta la meseta e iniciar la repoblación de Castilla. El nombre, al parecer, deriva de fora montani, o sea los que venían de fuera de las montañas. Este hecho dio lugar a un importante auge económico, ya que en el pueblo se establecieron numerosos artesanos y trabajadores de otros oficios.
En la actualidad, la actividad económica de Cabezón de la Sal gira en torno a una importante industria textil y a la fabricación artesanal de muebles. El núcleo central de la villa lo forman la iglesia parroquial, de los siglos XVI y XVII, y la Casa Consistorial, con hermosa portalada renacentista.
A su alrededor descubriremos numerosos edificios y casonas de gran valor arquitectónico, clara muestra de la noble pujanza que tuvo antaño la localidad. Destacan la magnífica fachada blasonada del palacio de los Escalante, la casa de los Gutiérrez Mier, la mansión de los Condes de San Diego, de influencia inglesa y actual sede de la Casa de Cultura, o el palacio de La Bodega (siglo XVIII).
Hacia el corazón del Valle de Cabuérniga.
Dejamos atrás Cabezón de la Sal y encaminamos nuestros pasos hacia lo más profundo de este bucólico valle, atravesado por las impetuosas aguas del Saja, que dibujan un paisaje verde de insuperable belleza.
La riqueza forestal del valle de Cabuérniga oculta en su interior un rosario de aldeas de gran tipismo y notable valor etnográfico cuyo sabor montañés se aprecia en sus recias casonas de piedra, con hermosos tejados, amplios aleros, solanas y balcones de madera en los que rara vez falta el colorido de las flores.
En estos lugares se ha sabido mantener la antigua tradición artesanal y, así, no resulta extraño ver en corrales y cuadras a ancianos calzando albarcas, zuecos de madera que servían para proteger los pies del frío, el agua y el barro y que todavía algunos lugareños fabrican manualmente en las puertas de sus casas. De gran tradición son también los rabeles, típicos instrumentos musicales autóctonos.
Desde Cabezón de la Sal, siguiendo el curso del río Saja, tomamos la C-625 en dirección a Carrejo , una preciosa aldea con diversas casas solariegas, como la residencia de ancianos Sagrada Familia o el restaurado palacio de Pedro de Ygareda, construido en el siglo XVIII y en cuyas salas interiores está instalado el Museo Regional de la Naturaleza, una interesantísima exposición de la fauna, la flora, el paisaje y los distintos ecosistemas de Cantabria.
Antes de entrar en el pueblo, en la misma carretera, se alza el palacete del doctor Arines, de influencia francesa y que en la actualidad alberga el Centro de Estudios Rurales de Cantabria, donde, entre otras cosas, se conserva una significativa colección de objetos tradicionales relacionados con la vida agraria y ganadera.
A un solo kilómetro de Carrejo se halla la denominada Hoz de Santa Lucía, un bello paraje situado en las inmediaciones de Santibáñez. El lugar, a orillas del Saja, ha sido acondicionado para el esparcimiento y el baño pero aún mantiene su histórico sabor legendario: el visitante podrá contemplar dos tradicionales casonas reconvertidas en mesones (la Venta de Santa Lucía está considerada casi un monumento), un viejo molino y los restos de un puente de piedra, el mismo por el que pasaron tantos carreteros y caminantes procedentes de Cabezón de la Sal o de los pueblos de la costa.
Además, allí se halla el monumento a los foramontanos, un monolito de piedra donde se ha grabado una famosa frase de Víctor de la Serna: «Aquí comienza esa cosa inmensa e indestructible que llamamos España». El célebre periodista cántabro identificaba la Hoz de Santa Lucía con la legendaria Malacoria, es decir, el lugar exacto desde donde partieron los primeros foramontanos.
Al otro lado de la carretera sale un desvío que nos permite acceder a dos localidades de notable interés: Cos y Luzmela. En el pequeño cementerio de Cos se halla el panteón de Concha Espina, célebre escritora cántabra madre de Ramón y Víctor de la Serna. El pueblo reúne también ejemplares muestras de la tradicional y noble arquitectura montañesa, como la torre de los Vélez, construida en el siglo XIII.
En Luzmela vivió algún tiempo Concha Espina y, precisamente, la localidad le debe su nombre a uno de sus libros más conocidos, La Niña de Luzmela, aunque muchos lugareños siguen prefiriendo su antigua denominación: Mazcuerras. El pueblo es famoso por sus cultivos de flores, que no faltan en la mayoría de ventanas y balcones. Un busto-monumento de la citada escritora preside la plaza del pueblo, en el que no faltan las magníficas casas solariegas, como la propia casa de Concha Espina, la casona de Ribero o la casa de las Magnolias.
Un paraíso de flores.
Regresamos a la comarcal para llegar hasta Meca, desde donde sale una carretera secundaria que nos conduce a Ucieda, localidad rodeada por bosques de robles centenarios, algunos de los cuales alcanzan casi los 15 metros de circunferencia. Plagada de casonas de piedra, Ucieda acoge entre sus típicas callejas una serie de tabernas y mesones muy apreciados en la región por su cocido montañés, que es también el gran protagonista de la fiesta local organizada por el ayuntamiento el primer domingo de septiembre.
Los fines de semana, la población se ve invadida por cientos de excursionistas deseosos de adentrarse en la pista forestal, perfectamente acondicionada, que abre el paso hacia el Parque Natural Saja-Besaya. En pocos instantes, el viajero se ve sumergido en la espesa capa de vegetación formada por una de las mayores reservas de hayas y robles de Europa.
Estas tierras, bañadas por una gran cantidad de arroyuelos y torrentes, dan cobijo a valiosas especies animales (corzos, jabalíes, ciervos, etc.), algunas de ellas en peligro de extinción, como el oso pardo o el urogallo. Este parque natural forma parte de la inmensa Reserva Nacional de Caza del Saja, que por su extensión es la reserva cinegética más grande de España. Sus más de 180.000 hectáreas comprenden tierras de los valles del Saja, del Besaya y del Nansa, así como buena parte de la comarca de Liébana.
Aunque en la actualidad se puede acceder cómodamente por carretera hasta Ruente, nuestra siguiente parada, recomendamos a los amantes de la naturaleza que no pierdan la ocasión de recorrer el viejo camino que enlaza Ucieda con esa localidad.
Ruente ofrece notables muestras de arquitectura civil, como la casona llamada La Nogalea, así como un puente medieval de ocho arcos y una iglesia del siglo XVII. Sin embargo, la visita obligada es a La Fuentona, un manantial de agua natural, catalogado de interés geológico, que surge de la roca y da origen a un pequeño arroyo que poco después se funde con el Saja.
De nuevo, los amantes del senderismo tendrán una buena ocasión para practicar su afición preferida, ya que desde Ruente parte una pista forestal que nos introduce en la Monteá, una de las formaciones boscosas más impresionantes de la región, y llega hasta Celis, localidad situada a orillas del Nansa y que visitaremos a lo largo de nuestra ruta. En este camino, entre otros atractivos, podremos contemplar los hermosos parajes de la Sierra del Escudo, así como el cajigo del Cubilón, un magnífico roble milenario, o La Florida, antiguo poblamiento minero que refleja la importancia que tuvo esta actividad en Cantabria, aunque hoy es una especie de poblado fantasma.
Antes de llegar a la localidad de Valle de Cabuérniga, que se halla en la misma C-625, podremos visitar dos pequeñas y encantadoras aldeas que nos acercarán aún más al espíritu de este valle: Barcenilla y Sopeña. Las construcciones de piedra y madera son de las más típicas de la zona y el visitante no debe sorprenderse si encuentra aperos de labranza amontonados en las puertas de las casas. Merece la pena conocer, en Barcenilla, la iglesia de San Sebastián, que guarda un hermoso retablo barroco, y la casona de Calderón.
Seguimos nuestra ruta y, después de dejar atrás Fresneda, pueblo de cazadores y pescadores, un desvío nos abre el camino hacia una de las aldeas con más encanto de nuestro itinerario, Bárcena Mayor. Antes, el fascinante paisaje que nos acompaña nos invita a detenernos en un par de preciosos pueblecitos: Correpoco, que cuenta con un hermoso humilladero y la iglesia de San Juan (siglo XVI), y Los Tojos, caserío que debe su nombre a la abundancia de esos arbustos y cuyas casas se caracterizan por tener dos plantas y solana.
Bárcena es una peculiar aldea perdida entre montañas y en cuyas calles empedradas las vacas todavía pasean tranquilamente. Sin duda, su aislamiento ha contribuido enormemente a la conservación de su carácter medieval y montañés —que se manifiesta en los vetustos zaguanes, lavaderos, hornos de pan, pajares, establos o ventanucos de sus casonas rurales del siglo XVI y XVII—, así como de un modo de vida tradicional que gira en torno a la ganadería, la agricultura y la artesanía.
Probablemente haya pocos pueblos como Bárcena Mayor, declarado Conjunto Histórico Artístico en 1979. Pasear por sus calles, cerradas al tráfico rodado (tan sólo pueden circular los vehículos de los vecinos), constituye una experiencia inolvidable, ya que el visitante podrá percibir cómo era la vida muchos años atrás. Destaca entre el conjunto de viviendas un puente del siglo XVI que cruza el río Argoza.
Hay que hacer notar que Bárcena está situada en pleno corazón del Parque Natural Saja-Besaya, por lo que desde la población se pueden realizar cautivadoras incursiones a esta magnífica reserva forestal donde aún habitan ciervos, corzos e incluso algún lobo ibérico. Una de las excursiones más señalizadas y que entraña menos dificultad es la que recorre el sendero de Fuentes Claras, que ofrece la posibilidad de disfrutar de un agradable paseo junto al río.
Hacia el puerto de la Palombera.
De nuevo en nuestra ruta, entramos enseguida en El Tojo, una aldea compuesta por un reducido grupo de casas desde donde se puede disfrutar de hermosas vistas de todo el valle. Un buen lugar es el mirador del pico del Castrón. Un poco más adelante está la localidad de Saja, último núcleo habitado del valle de Cabuérniga que fue, en tiempos pasados, un importante centro artesano.
Desde Saja iniciaremos la subida al mítico puerto de Palombera, unos 15 kilómetros de trayecto en los que no encontraremos ninguna aldea, pero que merece la pena recorrer puesto que la carretera discurre entre bosques salvajes de inusitada belleza —no hay que olvidar que nos encontramos en el interior de la Reserva del Saja.
Además, en el camino encontraremos algunos lugares de interés y, en primer lugar, el llamado Pozo del Amo, donde el río Saja, al despeñarse con violencia por la Canal del Infierno, crea un prodigioso espectáculo de cascadas y remansos. Muy cerca de aquí parte una senda que, a través de frondosas laderas, nos conduce hasta el collado de Sejos y las fuentes del Saja. Es una excursión realmente espectacular, pero es conveniente avisar de que el tiempo necesario para llevarla a cabo puede ser superior a las 5 o 6 horas.
Ya cerca de la cima, entre hayas, acebos y abedules, se halla el Balcón de la Cardosa, que nos permite divisar un panorama impresionante. Con un poco de suerte podremos avistar algún sigiloso ciervo o corzo, animal al que, por cierto, se le ha dedicado un monumento en este lugar. Un poco más arriba, la famosa Venta de Tajahierro nos indica que hemos llegado al puerto.
Esta venta, cuyas paredes lucen un hermoso escudo de piedra, ocupa el lugar de un establecimiento medieval en el que se detenían los carreteros que iban hacia la meseta. Al otro lado de Palombera se abre la comarca de Campoo y desde la cumbre las vistas resultan sobrecogedoras.
El Valle del Nansa.
Llegados a este punto, para continuar nuestra ruta, debemos desandar el camino y regresar a Valle de Cabuérniga, ya que desde allí parte la carretera más cercana que nos permite acceder al valle del río Nansa. Evidentemente, quienes no dispongan de excesivo tiempo o deseen recortar el itinerario, pueden volver a dicha localidad desde Saja o incluso desde Bárcena Mayor. Lo verdaderamente recomendable es dedicar cuando menos un día a cada uno de los valles.
Una vez en Valle, tomamos la carretera que nos llevará a Carmona, sinuosa aunque bien acondicionada carretera de montaña que, al parecer, era una antigua ruta medieval que conectaba la Liébana con los valles del Nansa y el Saja. Durante el trayecto podremos detenernos en distintos miradores para contemplar sensacionales vistas de todo el valle.
La localidad de Carmona, situada precisamente entre los cauces de esos dos ríos, es uno de los lugares con más tipismo de estas tierras, que se resisten a ser domadas por el progreso. En el centro del pueblo destaca la casa-palacio de los Mier, una mansión del siglo XIII con dos espectaculares torreones. El palacio se halla en el barrio del Sol, donde también se pueden visitar otros interesantes edificios, como la casona de Cossío y Mier.
A pesar de que Carmona se halla más cerca del Nansa que del Saja, es en esta villa donde mejor se puede apreciar el genuino espíritu cabuérnigo, donde mejor se han sabido mantener las tradiciones más ancestrales de Cantabria, como la pasá y la artesanía de la madera. Durante la pasá, es decir la subida del ganado tudanco a los pastos altos, Carmona vive una gran fiesta con sorprendente desfile de reses y competiciones de deportes autóctonos.
Por lo que se refiere a la artesanía de la madera, hay quien asegura que es en esta localidad donde aún se fabrican las mejores albarcas, originales zuecos de madera típicos de las aldeas rurales cántabras. Sorprenderá al visitante comprobar cómo los vecinos todavía se reúnen en los soportales de las casas para observar el pausado trabajo de los albarqueros.
Dejaremos Carmona para llegar hasta Puentenansa, (como su nombre indica se halla a orillas del Nansa) y a tan sólo cuatro kilómetros de esa población. La localidad, encrucijada de carreteras, es un notable centro comercial que cuenta con algunas interesantes casonas montañesa. Desde aquí iniciaremos nuestro recorrido por el valle de este río, que al igual que el del Saja nos ofrecerá una gran riqueza natural y cultural, con aldeas y pueblos que, como ya hemos dicho, han sabido mantener sus peculiares rasgos históricos.
Antes de ponernos en marcha, vale la pena acercarse hasta la cercana localidad de Obeso, situada en la comarcal que comunica Puentenansa con la Liébana y que debe su celebridad a su torre medieval, que perteneció a la familia de los Rubín de Celis. De regreso podemos detenernos en el pequeño caserío de Pedreo para visitar algunas edificaciones civiles, como La Casona o El Condal.
De nuevo en Puentenansa, tomamos la carretera que circula junto al Nansa en dirección sur. A escasos dos kilómetros se encuentra la ermita de la Virgen del Llano y un poco más adelante Cosío, donde se pueden contemplar algunas casonas señoriales, como la Casa de la Picota o la Torre de los Cossío, que luce un interesante blasón barroco.
El pueblo es punto de partida de un estrecho ramal de la carretera que termina en San Sebastián de Garabandal, localidad situada en un agreste paraje en las inmediaciones de Peña Sagra y que debe su fama a las polémicas apariciones de la Virgen y el arcángel San Gabriel.
La siguiente parada de nuestro recorrido es Rozadío, pueblo que, con el nombre de El Robacío, inmortalizó el escritor José María de Pereda en su novela Peñas Arriba. Destacan la iglesia de la Virgen de la Vega y el puente del siglo XVII que cruza el Nansa.
Los densos robledales que cubren la ladera del valle nos acompañan hasta Sarceda, con interesantes muestras de arquitectura montañesa, y Santotís (la Santitos perediana), donde se halla la iglesia de Nuestra Señora, construida en el siglo XVII y que conserva un impresionante retablo. Y cuando el bosque de robles va dejando paso a los pastizales llegamos a La Lastra, otra típica aldea montañesa donde finaliza el valle de Tudanca.
Antiguas costumbres.
Núcleo rural declarado conjunto histórico-artístico nacional en 1983, Tudanca (la Tablanca de Peñas Arriba), algo separado de la carretera, es un pueblo de visita obligada. Su lejanía de los principales centros urbanos de la región (Santander o Torrelavega), acentuada por la falta de buenas comunicaciones, ha propiciado que aquí, como en la mayoría de aldeas de la comarca, hayan pervivido antiguas tradiciones y se conserven inmejorables muestras de arquitectura popular.
El edificio más emblemático es La Casona, que fue propiedad del escritor y miembro de la Real Academia de la Lengua José María de Cossío y que fue visitada por muchos intelectuales de la Generación del 27, por ejemplo, García Lorca, Gerardo Diego, Miguel de Unamuno o Rafael Alberti.
El edificio, construido en 1750, funciona en la actualidad como casa-museo y posee una excepcional biblioteca con más de 25.000 volúmenes, entre los que destacan un buen número de manuscritos y primeras ediciones. En el interior se exhibe también una interesante colección de dibujos y lienzos barrocos, así como distintos objetos de gran valor etnográfico, entre los que se incluye una basna, el típico y rústico trineo que todavía utilizan los lugareños para transportar la hierba.
Las casas blasonadas, los balcones de madera, los tradicionales utensilios de trabajo, todo en Tudanca parece transportar al visitante a un mundo apenas alterado por el tiempo. Buena muestra de ello es que aquí todavía rige el «Prau Conceju», es decir la explotación común de las magníficas praderías que proporcionan alimento al ganado y que se hallan a gran altura en las cercanías del pueblo. Cada año, antes de la siega, se sortean las «suertes», o parcelas, que le tocan a cada persona y este ancestral ritual se convierte en una auténtica celebración en la que participan todos los vecinos.
Tudanca, además, da nombre a una raza vacuna autóctona, fruto de un proceso de selección que los lugareños llevaron a cabo, al parecer, en el siglo XVIII para aumentar la fuerza y la capacidad de arrastre de las reses.
El valle de las Polaciones.
Desde La Lastra, la carretera nos lleva hasta La Laguna, introduciéndonos ya en el magnífico aunque desconocido valle de Polaciones. En el camino, el mirador de La Cohilla, situado junto al embalse del mismo nombre, es parada casi obligatoria, ya que desde allí el visitante podrá contemplar inolvidables panorámicas de esta manifestación casi salvaje de la naturaleza.
Muy cerca de La Laguna, a un lado de la carretera, se halla Puente Pumar, cuyo conjunto de casonas, muy bien conservadas y escalonadas en lo alto del pueblo, conforma una sugerente estampa. Podemos citar la casa de los Coroneles, del Obispado o del Inquisidor. Gran interés tiene también la iglesia del siglo XVIII.
Desde Puente Pumar, dos vías locales nos permiten acceder a Uznayo, Lombraña y Tresabuela. En las dos primeras se conservan magníficamente distintas casonas de los siglos XVI y XVII, como la de Díez de Lombraña o el palacio del Ahorcado (ambas en Lombraña), mientras que en Tresabuela, donde el paisaje se llena de montes y pequeños bosques, merece la pena visitar la iglesia parroquial, que guarda algunos regalos realizados en su día por el rey Fernando VI, como un valioso cáliz y una hermosa lámpara de plata, o la casona de Francisco de Rábago, uno de los hombres más poderosos de la zona durante el siglo XVIII.
Estamos ya muy cerca de tierras palentinas, que inevitablemente marcan el final de nuestra ruta, pero aún podrá el viajero conocer algunas pequeñas aldeas llenas de tipismo por las que, dada su cercanía, podrá moverse con absoluta comodidad.
Entre ellas destacan San Mamés, lugar de nacimiento de importantes indianos, Santa Eulalia, con bellos ejemplos de casas solariegas o Cotillos, que conserva casi intacto su carácter rural debido, sobre todo, a que es el segundo pueblo de más altitud de toda Cantabria y uno de los más aislados. Por último, para finalizar, no queremos dejar de mencionar la pequeña localidad de Salceda, de marcado ambiente campesino y cuna de excelentes rabelistas.
Llegados a este punto de nuestra ruta tendremos tres opciones, o coronar el puerto de Piedrasluengas y ensimismarnos con las vistas panorámicas que desde su mirador nos ofrece de el valle de Liebana. Descender por las laderas del mencionado puerto hacia Liebana. O volver sobre nuestros pasos y reencontrarnos con Puentenansa y dirigirnos hacia le mar.
Pronto llegamos a Celis, pueblo que el río divide en dos partes, unidas por el elevado puente de la Herrería, y que se encuentra en las inmediaciones del embalse de Palombera.
Cerca de sus orillas podemos visitar también la población de Riclones, donde destaca la ermita de san Antonio, con un magnífico humilladero a la entrada, pero cuyo principal interés radica en que allí encontraremos al guarda y guía de las cuevas prehistóricas de Micolón y Chuflín. Protegidas por el embalse, a estas cavernas, que fueron descubiertas por unos espeleólogos y que contienen pinturas rupestres de caballos, ciervos y bisontes, sólo se puede acceder en barca.
Pasado el embalse nos esperan las localidades de Rábago, típico pueblo del municipio de Herrerías, que, como indica su nombre, fue zona de numerosas fraguas y ferrerías, y Bielba, cuyos mesones regionales gozan de reconocida fama. Este último pueblo cuenta con un hermoso conjunto de casonas rurales y una necrópolis medieval, así como con un valioso retablo mayor conservado en la iglesia parroquial.
En Bielba dejamos que el Nansa siga su curso hasta el Cantábrico y nosotros tomaremos la carretera que nos conducirá a la última población de esta ruta, la Marinera San Vicente de la Barquera.
San Vicente de La Barquera
Situada sobre un promontorio que se asoma a la bahía formada por el río del Escudo cuando vierte sus aguas en el Cantábrico, fue, según los estudiosos, asentamiento de una tribu cántabra y, más tarde, puerto romano. Sin embargo, su verdadero desarrollo como ciudad se produjo en el siglo VIII, cuando Alfonso I la repobló y amuralló.
Ya en 1210, Alfonso VIII le otorgó los fueros, así como ciertos privilegios para el comercio marítimo y la pesca (especial relevancia tuvo la captura de ballenas). Muestras de su apogeo en esos tiempos son la creación en 1330 de la Cofradía de Pescadores y Mareantes, una fuerte asociación gremial, y su integración en las Cuatro Villas de la Costa de la Mar Océana. En la actualidad, sus actividades principales son la pesca, la industria conservera y, sobre todo, el turismo.
Sin duda, San Vicente de la Barquera es uno de los más hermosos centros urbanos del litoral español e, inevitablemente, la visita a la villa debe comenzar por el puente de la Maza, ya que deberemos cruzarlo para acceder a ella. Construido en el siglo XV, con 28 ojos y sólidos pilares de piedra, conforma, junto con las barcas de variados y alegres colores que flotan en las aguas, una de las estampas más características de San Vicente.
En la parte alta de la ciudad se halla la zona vieja, austera y montañesa, donde se concentran los principales edificios monumentales. Una de las puertas de la vieja muralla nos abre el acceso hacia el Ayuntamiento, edificio renacentista del siglo XVI que fue palacio de la familia Corro, una de las más influyentes en la ciudad durante esa época.
A muy poca distancia se halla la construcción más emblemática, la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. De estilo gótico montañés (siglo XIII), aunque con añadidos posteriores, reclama enseguida la atención del visitante por las dos hermosas puertas románicas y el majestuoso torreón. Las tres naves interiores guardan un magnífico retablo mayor barroco y, especialmente, la marmórea estatua yacente de Antonio Corro, inquisidor del Santo Oficio. De influencia italiana, es una de las más apreciadas esculturas funerarias del Renacimiento español.
Para completar este breve recorrido que nos transporta a otros tiempos podemos visitar el castillo y los restos de la muralla.
El espectáculo de la Folía.
En contraste con estos aromas medievales, el barrio pesquero desprende un peculiar sabor marinero, especialmente cautivador al llegar la tarde, cuando los barcos regresan de su faenar diario.
Siguiendo el malecón del puerto se llega a la ermita de la Virgen de la Barquera, construida en el siglo XIII y que conserva en su interior una imagen de la virgen y el Mozucu (el Niño Jesús). El templo, que dispone de un hermoso jardín, se alza en el lugar exacto donde, según la leyenda, arribó una barca con la mencionada imagen mariana.
También merece la pena visitar las ruinas del antiguo convento de San Luis, situado cerca del puente de la Maza. Se dice que aquí se alojó Carlos V con todo su séquito cuando pisó por primera vez suelo español dispuesto a hacerse cargo de la corona de nuestro país.
La larga tradición marinera de San Vicente, que evidentemente dispone de algunas magníficas playas, se refleja en su rica gastronomía. Las típicas callejas y plazas del barrio pesquero están repletas de mesones, tabernas y restaurantes donde se podrán saborear excelentes pescados y mariscos. Es muy recomendable probar el sorropotun, variante local de la marmita, uno de los platos marineros cántabros por excelencia.
La gran vocación marinera se podrá observar también durante la Folía, el festejo tradicional y popular más destacado de la villa se celebra el primer domingo después de Pascua y ha sido declarado fiesta de interés turístico. Se trata de una procesión marinera en honor de la Virgen de la Barquera, cuya imagen, después de recorrer el pueblo entre cantos y bailes, en el Muelle Viejo es subida a bordo de una barca que cruza la bahía escoltada por una gran multitud de embarcaciones. Citada ya por Cervantes y Lope de Vega, la esencia de este popular y animado festejo fue magistralmente captada por el gran poeta Gerardo Diego (San Vicente de la Barquera./Si me pierdo haciendo mi vía,/que me busquen en tu Folía.).
Ciertamente, San Vicente de la Barquera es un perfecto punto final para nuestro recorrido por la Comarca Saja Nansa, pero el viajero infatigable aún encontrará algunos lugares de interés, Pesués, situada en la ría de Tina Menor, formada por la desembocadura del río Nansa. Muy cerca están Muñorrodero, donde se puede visitar la interesante cueva prehistórica del Salín, y Pechón, que cuenta con una semidesierta playa de piedras.