La Liébana, situada en la parte más occidental de Cantabria, es una de las comarcas con señas de identidad más definidas y singulares. Los pueblos de los distintos valles que la conforman, históricamente aislados entre las afiladas cumbres de los Picos de Europa y la Cordillera Cantábrica, han sabido conservar sus costumbres y tradiciones más antiguas. Descubrir esta insólita comarca puede deparar muchas y gratas sorpresas, ya que, además de un importante patrimonio histórico-artístico, ofrece innumerables atractivos naturales y una buena gastronomía.
Protegidos y aislados entre los Picos de Europa y la cordillera Cantábrica, los valles lebaniegos fueron refugio de los últimos cántabros resistentes a Roma y de monjes que aquí encontraron un enclave ideal para la serenidad y la meditación en contacto con la naturaleza. Debido a la presencia de las altas montañas, que detienen los vientos portadores de humedad, la Liébana disfruta de un microclima especial, con rasgos mediterráneos muy acentuados, que hace de la zona un espacio geográfico difícilmente igualable. El clima seco y soleado de los valles contrasta llamativamente con el de las cumbres nevadas.
Sin duda, el histórico aislamiento y ese singular espacio geográfico en el que se extiende este rincón de Cantabria tienen mucho que ver con el marcado tipismo de pueblos y aldeas, con su importante patrimonio histórico-artístico y con la gran belleza paisajística de la comarca. Y quizás también con su variada y peculiar oferta gastronómica, en la que destacan los quesos (el picón, aunque más desconocido, no tiene nada que envidiar al Cabrales asturiano), el cocido lebaniego, o el orujo artesanal.
La ruta que proponemos para llegar hasta el corazón de la Liébana arranca en el desfiladero de La Hermida, una inquietante garganta de 21 kilómetros de largo formada por el cauce del río Deva y que representa el único corredor de entrada a la comarca desde el norte. Y precisamente, será el río Deva el que marcará nuestro recorrido, ya que su tortuoso cauce, que remontaremos hasta su nacimiento, atraviesa toda la Liébana y pasa por las principales localidades, Lebeña, Potes, Camaleño o Espinama, pueblos con curiosas historias y bellos monumentos.
Pero no debe asustarse el viajero, ni pensar que es ésta una ruta para intrépidos aventureros o exploradores, puesto que la carretera (primero la N-621 y luego la C-621) corre siempre junto al curso del río, incluso entre las vertiginosas paredes montañosas del desfiladero de La Hermida. La N-621 nace en la costa, en San Vicente de la Barquera, y después de pasar por Panes (Asturias) llega hasta Urdón, localidad que marca el comienzo del desfiladero.
El desfiladero de la Hermida.
«Llaman a esto garganta, debiera llamársele el esófago de La Hermida, porque al pasarlo se siente uno tragado por la tierra». Igual que Benito Pérez Galdós, autor de estas palabras, el viajero disfrutará de inolvidables sensaciones al recorrer esta majestuosa puerta de entrada a los valles de Liébana. Probablemente, las mismas sensaciones que debieron sentir los primeros fundadores de los pueblos lebaniegos o los monjes que, hace más de mil años, sembraron estos estos parajes de ermitas, iglesias y monasterios.
A lo largo de los pocos kilómetros que separan Urdón de La Hermida, la población que da nombre al desfiladero, el único testimonio de vida son algunas casas que se asoman al camino, pero esta extraña soledad se ve compensada por las distintas perspectivas que, entre las asombrosas paredes rocosas, nos ofrece cada recodo de la carretera.
La Hermida, conocida antaño como Aguas Caldas, es una antigua localidad balnearia donde todavía se puede contemplar la deteriorada y abandonada casona de la estación termal que estuvo de moda desde finales del siglo XIX hasta la guerra civil. En esa época, fueron muchos los que acudieron al balneario en busca de las propiedades curativas de sus aguas, que llegaban a alcanzar más de 60 ºC.
Un teleférico en el nacimiento del río Deva.
De pronto, a escasos cuatro kilómetros de Espinama y a 24 de Potes, la carretera termina: estamos en Fuente Dé, un impresionante circo glaciar cuyo nombre se debe a la presencia en las cercanías de la fuente de la que nace el río Deva.
El lugar es un impresionante anfiteatro montañoso, un subvalle rodeado por las moles de Peña Remoña, los picos de Padiorna, Celada y Valdecoro y Peña Vieja, cuyos 2.613 metros de altura la convierten en el techo de Cantabria. Por encima, suspendidas en el aire, sobrevuelan continuamente las cabinas del teleférico que traslada a visitantes y excursionistas desde Fuente Dé hasta el corazón del macizo central de los Picos de Europa.
En apenas tres minutos y medio, el teleférico salva un desnivel de 753 metros y alcanza los 1.847 metros de altitud en la estación superior. Las vistas y panorámicas durante el trayecto resultan impresionantes, siempre que no se sufra de vértigo, pero si la brevedad e intensidad del recorrido impiden apreciar en su totalidad el majestuoso espectáculo, el visitante podrá relajarse y contemplar tranquilamente las extraordinarias panorámicas desde las cafeterías que se encuentran tanto en la estación inferior como en la superior.
El célebre escritor cántabro José María de Pereda (1833-1906), autor de la obra Peñas Arriba, ambientada en la región, descubrió hace ya tiempo estas inolvidables sensaciones: «Jamás había visto yo porción tan grande de mundo a mis pies, ni me había hallado tan cerca de su creador, ni la contemplación de su obra me había causado tan hondas y placenteras impresiones».
El origen del Teleférico de Fuente Dé se remonta a principios del presente siglo, cuando la antigua Real Compañía Asturiana de Minas tendió un cable con el objeto de transportar el mineral que se extraía de las minas de blenda, hoy abandonadas, desde los Picos hasta Fuente Dé.
El actual teleférico fue inaugurado el 12 de septiembre de 1966, con proyecto del ingeniero lebaniego José Antonio Odriozola y colaboración de especialistas italianos. Hoy en día, las instalaciones disponen de todas las comodidades necesarias para que los visitantes disfruten al máximo de su estancia. Las cabinas llegan a transportar hasta 6.000 viajeros diarios en las épocas de mayor afluencia.
En la estación superior se encuentra el mirador de El Cable, desde donde las panorámicas sobre los valles lebaniegos resultan impresionantes. La cafetería del mirador, cuya terraza cuelga sobre el vacío, es el lugar idóneo para planear las excursiones o rutas preferidas entre las múltiples posibilidades que ofrece la zona.
A unos 3,5 kilómetros está el hotel-refugio de Aliva, un lugar rodeado de verdes praderías que resulta ideal para reponer fuerzas entre la paz, el silencio y la serenidad que proporciona la naturaleza en estado puro. En la localidad de Áliva se podrá degustar una excelente variedad local de los quesos ahumados lebaniegos que, según los expertos, debe elaborarse quemando madera de enebro para que adquiera todo su aroma. Y como acompañamiento de lujo, el té de los puertos, una bebida muy típica de Cantabria que consiste en una mezcla de orujo y una infusión de hierbas.
Desde allí se puede llegar hasta el antiguo Chalé Real, que se construyó en 1.905 con materiales prefabricados para que en él se alojara el rey Alfonso XIII durante sus frecuentes cacerías en estas montañas. Con un poco de suerte, se podrán avistar algunos de los rebecos que habitan en estos montes.
Sin duda, los Picos de Europa, declarados Parque Nacional en 1995, son un escenario inigualable para vivir imborrables aventuras: rutas a caballo o en vehículos todoterreno, senderismo por bosques y montes o escalada de alta montaña.
En cualquier caso, quienes decidan descubrir los íntimos secretos de la Liébana recorriendo la ruta que hemos propuesto pueden estar seguros de que al llegar al final de este cautivador viaje encontrarán un auténtico regalo de la naturaleza: bosques de hayedos, encinares o robledales difíciles de encontrar en otros lugares, un cielo limpio y claro o montañas en las que aún vive una fauna de gran valor, como rebecos, lobos, buitres leonados, corzos, urogallos o águilas reales.