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Parque Natural de las Dunas de Liencres. El Parque Natural de las Dunas de Liencres, es el sistema dunar más importante y extenso del litoral cantábrico y el que presenta las dunas de mayor altura de España. Antes, entre los acantilados, la costa nos depara una serie de espectaculares playas y calas (por orden son San Juan de la Canal, Covachos, La Arnía, Portio, Cerrías y Somocuevas). A pesar de que algunas son de difícil acceso, merece la pena acercarse hasta ellas, ya que es todavía una zona no invadida por el vertiginoso proceso urbanizador (aunque tal vez no por mucho tiempo) donde se suceden varios islotes de formas sugerentes en los que reposan cormoranes o gaviotas, donde se pueden contemplar hermosos contrastes de color en las aguas, que acogen una numerosa fauna marina, y donde la acción erosiva del mar ha creado originales formaciones rocosas, como la que recibe el nombre de Aguja de las Gaviotas, situada junto a la playa de Portio. El Parque Natural de las Dunas de Liencres (recibió tal denominación en 1986) se extiende entre la ría de Mogro, donde desemboca el río Pas, y el mar Cantábrico, ocupando una superficie de 195 hectáreas. En el parque, que incluye dos playas (Canallave y Valdearenas), se pueden apreciar dos zonas dunares distintas: una de dunas móviles, situada junto a la playa, que ha ido avanzando hacia el interior por la acción del viento y ha requerido que se plante un extenso pinar para frenar su expansión; por el contrario, el otro tipo de dunas ha conseguido fijarse gracias a la ayuda de algunas especies vegetales como el junco de arena o el cardo marino. Estos parajes acogen a un gran número de aves migratorias, pero también a muchos surfistas, que se congregan, sobre todo, en la playa de Canallave, donde suelen romper grandes olas. Las dunas que se asoman a la ría caen casi en picado sobre la orilla y nos invitan a dejarnos deslizar por ellas para luego vadear la ría y llegar hasta Mogro. Sin embargo, hay que tener cuidado, ya que la corriente y la marea suelen jugar malas pasadas, por lo que, para alcanzar la citada localidad recomendamos tomar la carretera que pasa por Bóo de Piélagos. Muy cerca de esta población se hallan Puente Arce y Oruña, dos aldeas comunicadas por un antiguo puente medieval sobre el Pas, que deben su fama a la excelente y variada oferta gastronómica que brindan al visitante. . Naturaleza y patrimonio histórico.
Mogro, y la vecina Miengo, son dos típicas poblaciones de este tramo del litoral, zona en la que al atractivo turístico de las magníficas playas (Mogro, Usgo, Los Caballos, Marzán, etc.) se suma una notable riqueza histórica y monumental. Obligado es citar las iglesias parroquiales de Mogro, Miengo, Bárcena de Cudón y Cuchía o las distintas casonas montañesas de los siglos XVII y XVIII, como el barroco palacio de los Herrera. También aquí la costa está repleta de pequeños islotes, como la isla de los Conejos, de gran valor ornitológico, y, además, cuenta con numerosas zonas de marismas. Sin embargo, el más claro exponente de esta perfecta unión entre naturaleza y patrimonio artístico es Suances, localidad a la que se accede rodeando la ría de San Martín de la Arena, desembocadura de los ríos Saja y Besaya, que confluyen en Torrelavega. La villa es un puerto natural donde los romanos fundaron el importante Portus Blendium, hasta donde llegaba la calzada que, paralela al río Besaya, enlazaba las tierras de la meseta con el Cantábrico. La pesca y el comercio marítimo tuvieron también especial relevancia durante la Edad Media, aunque Suances fue, hasta bien entrado el siglo XIX, una ciudad dependiente de villas más influyentes como Santillana, Santander o Torrelavega (incluso en la actualidad, un alto porcentaje de su población trabaja en esta última ciudad). Hoy en día, Suances se presenta como un tranquilo y acogedor enclave turístico —a principios del siglo XX ya existían afamadas Casas de Baños. El núcleo urbano gira alrededor de la plaza de Viares, donde se hayan los dos edificios principales de la ciudad: el Ayuntamiento, del siglo XIX, y la casa de los Polanco, con hermosa portalada de piedra que ostenta el magnífico blasón familiar. A medida que nos acercamos a las playas, se multiplican los chalets, fincas residenciales o establecimientos hoteleros, que denotan el carácter turístico de la población. Una de las zonas más concurridas es el paseo de la Marina Española, que une el puerto pesquero con las playas de La Ribera y La Concha. Desde allí, podemos acercarnos hasta el faro, lugar en el que, entre el poderoso batir del oleaje, se podrán contemplar estupendas vistas de la ría de San Martín, y pasear por la pequeña península llamada punta del Dichoso, donde surge la casi salvaje playa de Los Locos, presidida desde lo alto de las rocas por un castillo construido en 1904. A lo largo de todo este paseo encontraremos numerosos restaurantes, cuyas especialidades, basadas, como es lógico, en los pescados y mariscos, atraen a los amantes de la buena mesa durante todo el año. De Suances a Santillana del Mar.
Es muy probable que Santillana sea uno de los lugares más hermosos de Cantabria, o por lo menos uno de los más visitados, y hacia allí nos dirigimos ahora. Para llegar desde Suances existen dos posibilidades, y la primera es tomar la S-474, que discurre paralela a la costa y pasa por las localidades de Tagle y Ubiarco. En Tagle, distintos caminos rurales nos llevan hasta Punta Ballota, zona de espectaculares acantilados e impresionantes vistas del litoral, así como hasta la agreste playa del Sable, con hermosa forma de concha. Un sendero de pescadores comunica esta playa con la de Ubiarco, denominada Santa Justa en referencia a la ermita del mismo nombre que se halla incrustada en una inusitada cavidad del acantilado. La alternativa para llegar a Santillana consiste en seguir la S-472, que se dirige hacia el sur, hacia Viveda. Antes nos detendremos en Cortiguera e Hinojedo, para conocer, en la primera localidad, el convento de Santo Domingo y la antigua torre de Barreda, aunque, tal vez, lo más interesante para el viajero resulten las magníficas panorámicas de buena parte de la ría de San Martín, con Requejada al otro lado, que se pueden contemplar desde el mirador situado en la misma carretera. En Hinojedo destacan una necrópolis medieval y la casa-palacio de Fernando Velarde. Por su parte, Viveda ofrece la oportunidad de visitar la casa-torre de la familia de los Calderón de la Barca, de inconfundible estilo y construida entre los siglos XIV y XV, y una iglesia con elementos románicos. Estamos ya a escasos kilómetros de Santillana del Mar, pero antes, pasamos por Queveda, donde merece la pena contemplar el palacio de don Beltrán de la Cueva, construido en el siglo XVI y declarado monumento histórico artístico en 1981. Sus fachadas de sillería, el noble escudo de la familia o las ventanas de medio punto son un ilustre preludio al increíble patrimonio monumental que nos espera en Santillana. Una historia escrita en las paredes.
Como una invitación a descubrir un lugar donde el tiempo parece no haber pasado, empedradas calles reciben al visitante que entra en Santillana del Mar, cuyo origen se remonta a principios de la Edad Media, cuando un grupo de monjes procedente de Asia Menor fundó un pequeño cenobio para custodiar las reliquias de una santa llamada Juliana que había sido martirizada en aquellas tierras durante las persecuciones de Diocleciano. Andando el tiempo, la ermita se transformó en monasterio y más tarde en colegiata. Mientras tanto, alrededor del templo fue creciendo una hermosa y recogida villa que tomó el nombre del monasterio (Sancta Iuliana venida del mar, que luego derivaría en Santillana del Mar) y cuyo desarrollo se vio favorecido por las donaciones de los reyes y nobles de Castilla, los fueros concedidos por Alfonso VIII el Noble (siglo XIII) y por el hecho de que Santillana fue lugar de paso del Camino de Santiago, detalle que influyó decisivamente en el trazado de sus calles, que, poco a poco, se fueron llenando de torres, casonas, plazas, huertos y corrales. Superada la época medieval, la ciudad vive una profunda decadencia que duró hasta entrado el siglo XIX y que se vio agravada por la masiva emigración a América del siglo XVIII. Como el resto de la región, Santillana logró salir de esta crisis gracias al comercio con Las Indias (la principal actividad a finales del siglo XVIII era el tejido del lino y la lana, dos de los productos más exportados) y a los indianos que regresaron para invertir sus fortunas en el lugar donde habían nacido. A mediados del siglo XIX, la ciudad se pone de moda entre la alta sociedad madrileña como lugar de veraneo y ello contribuye a revalorizar sus palacios y mansiones, así como a la restauración y conservación de su patrimonio arquitectónico. En 1889 toda la villa es declarada monumento histórico artístico. Buena prueba de su definitivo reconocimiento nacional e internacional es la atención que mereció por parte de célebres literatos, entre otros Ortega y Gasset («una villa hecha para que delante se reciten décimas sin parar») o Jean Paul Sartre («Santillana es una reliquia en la vida del hombre»). Sin duda, Santillana ha sabido mantener su noble aspecto medieval, una identidad peculiar que refleja su antigua historia, una historia escrita en las mudas paredes de sus señoriales edificios. Balcones volados, amplios soportales, fachadas historiadas y, sobre todo, numerosos escudos heráldicos nos hablan de las leyendas y hazañas de las ilustres familias que forjaron la historia de esta villa. Incluso muchos blasones poseen su propia inscripción, como el del Parador Gil-Blas, antigua vivienda de los Barreda-Bracho («Bracho fuerte que a Italia dio terror, y a Sforcia muerte»), o el de la Casa de los Quirós, donde se lee: «Antes que Dios fuera Dios, y los peñascos, peñascos; los Quirós fueron Quirós, y los Velascos, Velascos». La Colegiata de Santa Juliana.
Es el monumento más emblemático de Santillana —recordemos que la villa nació alrededor de la primitiva ermita que se hallaba en el mismo lugar que hoy ocupa la colegiata— y su figura parece atraer inmediatamente los pasos de todo el que llega al pueblo. La construcción actual data del siglo XII y la Unesco la declaró patrimonio de la humanidad en 1985. Obra cumbre del singular románico cántabro, exhibe una fachada de piedra dorada presidida por una portada de cuatro arquivoltas sobre la que descansa un frontón triangular, añadido en el siglo XVII, con la imagen de Santa Juliana. En el interior, las tres naves, entre las que destaca la central, están separadas por pilares con hermosos capiteles de temática típicamente románica (guerreros y caballeros legendarios, personajes bíblicos, motivos eróticos, etc.). De gran valor resultan los relieves de los ábsides, los valiosos objetos de orfebrería que se conservan en la sacristía, el sepulcro de Santa Juliana, que data de 1453, y el retablo mayor, un espléndido conjunto artístico con la escultura de Santa Juliana y tallas de los apóstoles. Aún así, según los entendidos, la joya más apreciada es el claustro, considerado como uno de los más interesantes de España. Adosado a la fachada norte, está rodeado por finos capiteles historiados cuyo repertorio escultórico e iconográfico, con motivos vegetales, bíblicos, geométricos o alegóricos, sorprende por su excepcional belleza. El hechizo de media docena de calles.
La auténtica belleza de Santillana se descubre dejándose llevar por las pocas calles que conforman la villa, repletas todas de casonas solariegas que rebosan señorío y elegancia y que son palacios o monumentos en potencia. De hecho, en la actualidad, las casas en cuyo interior no se ha instalado un museo o una sala de exposiciones han sido reconvertidas en peculiares tiendas de artesanía, de regalos, de antigüedades, de cerámica o de productos típicos de la gastronomía local. En la misma plaza de la colegiata se puede visitar el museo de Jesús Otero, dedicado a este escultor nacido en Santillana, o el hermoso patio-jardín de la casa de los abades (o de la Archiduquesa), que sirve de local a la primera tienda de antigüedades que se instaló en la villa, así como contemplar los espléndidos blasones que lucen las fachadas de las casas de Cossío y Quevedo, situadas frente al abrevadero y en cuyos bajos es casi un ritual tomarse un vaso de la sabrosa leche fresca que se obtiene de las vacas que pastan en las praderas del pueblo. Por detrás de Santa Juliana se llega a la plaza de las Arenas, en la que se alza el palacio de Velarde, construido en el siglo XVI y que cuenta con numerosos pináculos y hermosas ventanas. Nuestro recorrido puede continuar por las calles del Río, que sale de la misma plaza de la colegiata, y del Cantón hasta llegar a la plaza mayor, también llamada plaza del mercado. En este trayecto es obligado detenerse a contemplar los magníficos tejados, fachadas, escudos o balcones de madera, casi siempre repletos de flores, de los distintos edificios, que compiten en belleza con sus cancelas, puertas o aldabas y nos transportan a un mundo pasado. Destaca la casa de los Hombrones, del siglo XVII y que debe su apelativo a los dos guerreros que sujetan el pesado escudo de la familia. Sus poderosas arcadas dejan paso, un poco más arriba, a la casa de Leonor de la Vega (siglo XV), madre del primer marqués de Santillana, a la torre de Velarde y a la casa de los Bustamante. De aspecto triangular, la plaza del mercado debe su nombre al mercado semanal que allí se celebraba desde 1209 y en ella se concentran diversos edificios civiles de gran interés histórico y arquitectónico, como el palacio del Ayuntamiento, construido en el siglo XVIII. El conjunto se completa con la torre de los Borja, gótica y sede actual de la Fundación Santillana, las casas del Águila y de la Parra, que albergan el museo etnográfico y una sala de exposiciones, la torre del Merino, fortaleza de aspecto militar construida en el siglo XIV y que ha sufrido muy pocos retoques, y el palacio de los Barreda, convertido hoy en día en el Parador Nacional Gil Blas. Un bisonte de piedra, obra de Jesús Otero, preside la plaza como homenaje de Santillana a las cuevas de Altamira. Desde allí podemos ir a la calle de Santo Domingo, donde encontraremos el famoso palacio del marqués de Benamejís, que guarda valiosos cuadros del siglo XVIII, y luego a la de Jesús Tagle para visitar el convento Regina Coeli, construido entre los siglos XVI y XVII y ocupado desde el año 1835 por una comunidad de monjas clarisas. El edificio aloja en su interior el Museo Diocesano, cuyo fin es recuperar el patrimonio artístico-religioso de la región. Podremos admirar una valiosa colección de más de 800 piezas (tallas de santos, una colección de Cristos, imaginería, etc.) procedentes en su mayoría de iglesias, ermitas y templos de toda la geografía cántabra. Las monjas dirigen, además, un prestigioso taller de restauración de obras de arte. Muy cerca de este convento se halla la casona de los Sánchez Tagle, cuya fachada luce otro de los monumentales escudos heráldicos que pueden contemplarse en la localidad, a la que algunos lugareños llaman la «villa de tres mentiras», ya que por extraña y curiosa paradoja Santillana del Mar ni es santa ni es llana ni tiene mar. Para completar nuestro recorrido podemos acercarnos al convento de San Ildefonso (siglo XVII), regentado por una comunidad de Madres Dominicas que elaboran artesanalmente una exquisita repostería, y al Campo Revolgo, un agradable espacio verde sombreado por hermosos robles. La Capilla Sixtina del arte Cuaternario.
A escasos dos kilómetros de Santillana se halla la cueva de Altamira, tal vez el yacimiento prehistórico más importante del mundo, que reúne en su interior una inigualable colección de pinturas, dibujos y grabados plasmados hace unos 15.000 años por los primeros artistas de la historia, cuyo talento y capacidad creativa todavía causan admiración en nuestros días. Altamira fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1985. Corría el año 1879 cuando la hija de Marcelino Sanz de Sautuola, que solía acompañar a su padre, típico noble del siglo XIX aficionado a la arqueología, en sus rastreos por la zona en busca de fósiles, huesos y objetos prehistóricos, descubrió en el techo de una de las galerías de esta caverna unas extrañas figuras de animales. Salían a la luz, de este modo, las pinturas rupestres de Altamira: fantásticos frescos polícromos de bisontes, ciervos, toros y otros animales de tamaño casi real cuyos autores habían aprovechado las grietas e imperfecciones de la roca para crear efectos de movimiento y relieve. En un principio, la comunidad científica tachó a Sanz de Sautuola de farsante y negó la antigüedad de aquellas pinturas, posiblemente porque no estaba preparada para replantearse todo lo que se sabía hasta entonces sobre el origen de la humanidad. Su autenticidad no fue reconocida hasta 1902, en buena parte gracias al descubrimiento de otras muestras de arte rupestre en las cuevas de Pair-non-Pair (1892), La Mouthe (1895) y Font de Gaume (1902), todas en el sur de Francia. Los casi 300 metros de largo de este santuario del arte paleolítico se articulan en distintas dependencias, entre las que destaca el célebre gran salón, conocido también como la capilla sixtina. La altura de su techo oscilaba originalmente entre 80 centímetros y 2 metros, pero hace años fue rebajada para facilitar la visita y la contemplación de una manada de bisontes rodeada por una cierva, varios jabalíes y muchos signos hasta ahora indescifrados. Sorprende la precisión de los dibujos, sobre todo si se tiene en cuenta que el reducido espacio no permitía al autor, o autores, tener una visión global de la escena. De gran interés son también la sala del pozo y la galería cola de caballo, donde podemos contemplar otros dibujos de animales, figuras humanas con cabeza de animal, manos, máscaras y signos rituales. Hasta 1977 no existían requisitos previos para acceder a la cueva, pero el grave peligro de deterioro que corrían las pinturas, debido sobre todo a la alteración del especial microclima de la caverna y a la acción humana (algunos llegaron incluso a dejar su firma en las paredes rocosas), llevó a los expertos a cerrar la cueva. Desde su reapertura, en el año 1982, la entrada está limitada a veinte personas diarias por lo que para visitarla hay que solicitar un permiso con dos o tres años de antelación al Centro de Investigación de Altamira. Esta larguísima lista de espera fue el motivo de que se pusiera en marcha un proyecto para crear una réplica exacta del gran salón y de otras pinturas en los aledaños de la caverna original. Hoy en día una realidad que merece la pena visitar y conocer. En el mismo recinto de la cueva de Altamira se hallan el Museo Didáctico, una sala de video, la biblioteca y la cueva de las Estalactitas, mientras que en las cercanías se puede visitar la localidad de Puente de San Miguel y el zoo de Santillana. Éste ocupa una superficie de 35.000 metros cuadrados e incluye especies animales de los cinco continentes, algunas de ellas en peligro de extinción. Cuenta también con un acuario y un jardín de mariposas. En cambio, en Puente de San Miguel encontraremos la ermita donde se celebró la reunión que dio origen al nacimiento de la provincia de Cantabria, así como el Jardín Histórico, donde se halla el que fue palacio de verano de Sanz de Sautuola. Limones y arte colonial.
Desde Santillana del Mar proseguimos nuestro recorrido por la cornisa cantábrica en dirección a Comillas. La comarcal 6316, a su paso por Oreña, nos permite contemplar la bella ermita de San Bartolomé, sencilla pero con hermosos y sorprendentes detalles en su fachada, tan sorprendentes como el elevado número de tiendas de antigüedades reunidas en este pequeño pueblo. Un poco más adelante encontraremos un desvío hacia Novales, peculiar población donde, gracias a su especial microclima de rasgos mediterráneos, se cultivan abundantes y excelentes limones, un producto nada habitual en esta zona de la península española. Gozan estos cítricos de merecida y antigua fama, ya que, al parecer, en tiempos pasados los navegantes cántabros consumían en alta mar gran cantidad de limones de esta localidad para evitar las epidemias. Conserva Novales una interesante edificación religiosa de estilo renacentista, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, fundada en el siglo XVI y con interesantes retablos barrocos en su interior. A su alrededor se concentran distintas casonas señoriales con hermosas verjas de hierro y amplias solanas. Por supuesto, cada una de ellas posee su propio huerto de limoneros. Desde Novales resulta recomendable realizar una breve visita a dos localidades vecinas, Toñanes y Cigüenza. La primera nos ofrece los restos de una necrópolis medieval, así como espectaculares vistas desde un acantilado llamado El Bolau, mientras que en la segunda hallaremos un nuevo ejemplo de esos magníficos palacios, mansiones o templos que nos han dejado en herencia las nobles familias y las distintas órdenes religiosas que se asentaron en Cantabria: la iglesia de San Martín. Construida en el siglo XVIII por deseo de un indiano, el primer conde de la familia de los Tagle, constituye uno de los monumentos más relevantes del patrimonio histórico artístico de la región. Las dos torres que flanquean la magnífica portada demuestran claramente la influencia del arte colonial —Juan Antonio de Tagle, el impulsor de la obra, llegó a ocupar un alto cargo del Virreinato de Perú, a donde había emigrado de niño. El pequeño encanto de Cóbreces.
Nuestra próxima parada es Cóbreces, un entrañable caserío que surge en un entorno paisajístico de gran belleza. Situado sobre una colina cercana a la ría de Luaña cuyas lomas están parcialmente cubiertas por prados de siega, base de la economía de esta zona, nos sorprenden enseguida las blancas siluetas de dos magníficos edificios que, a pesar de todo, no desentonan en el verde colorido de un ambiente típicamente rural: el monasterio de Santa María de Viaceli y, a su lado, la iglesia de San Pedro Advíncula. El primero, construido a principios del siglo XX, es fruto del testamento del último miembro de la familia de los Quirós, cuya postrera voluntad fue que, en el lugar que ocupaba la casona familiar, se fundase una abadía de religiosos trapenses, originarios de Francia, con el objetivo de que éstos se dedicasen a la enseñanza de las técnicas agrícolas. De estilo neogótico, el edificio destaca por los bellos arcos de las ventanas de la fachada y por su cimborrio octogonal. Además de sus deberes espirituales, los monjes del monasterio, que dispone de una moderna hospedería de 17 habitaciones, elaboran y venden los sabrosos quesos de Trapa, así como chocolates, licores y mermeladas. La iglesia de San Pedro Advíncula, que data de la misma época, exhibe dos torres de más de 30 metros de altura que reclaman la atención del viajero desde varios kilómetros de distancia. Como el monasterio, la iglesia es obra de jándalos, los Villegas, y cuenta con hermoso jardín y valiosa biblioteca. Para completar la visita a Cóbreces, nos acercaremos a la ermita gótica de Santa Ana, sin olvidar que el pueblo cuenta con la pequeña pero encantadora playa de Lueña, concurrido punto de atracción turística rodeado de magníficos prados verdes. Un lugar de tradiciones.
Tan sólo 10 kilómetros nos separan de Comillas, pero los bellos parajes costeros por los que discurre con suavidad la C-6136 todavía nos ofrecen nuevas posibilidades de descubrir sorprendentes panorámicas y encantadoras aldeas. Si Fresnedo nos permite contemplar espléndidas vistas de la zona, en Liandres podremos conocer la casona de los Reyes y la ermita de la Virgen de los Remedios, construida en 1880 y donde, el 2 de julio de cada año, se celebra una multitudinaria romería. Sin embargo, en este pequeño tramo de nuestro itinerario la población más interesante es Ruiloba, típico pueblo montañés que antaño tuvo un importante puerto comercial. El centro urbano, algo apartado de la comarcal, se halla en el barrio de la Iglesia, donde vistosos ejemplos de casonas señoriales, con espléndidos blasones heráldicos, plantas exóticas o férreas verjas —signos inequívocos de la antigua presencia de indianos—, se concentran alrededor de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. El templo actual fue construido a finales del siglo XIX y destaca por la afilada figura de su puntiaguda torre. Ruiloba es sin duda un lugar de tradiciones, reflejadas, por ejemplo, en la fiesta del Mozuco, que se celebra el nueve de septiembre e incluye una popular romería hasta la ermita de la Caridad. Así mismo, las gentes del lugar han sabido hacer perdurar antiguos bailes, como las danzas de Las Lanzas o la de los Picayos. El pueblo dispone también de una buena oferta hostelera y los que decidan pernoctar en la localidad no quedarán defraudados si lo hacen en La Cigoña, una antigua casona rural restaurada y decorada con muebles de época cuyo restaurante goza de mucha popularidad por la calidad de su cocina tradicional. La villa de los arzobispos.
Es éste el sobrenombre que recibe Comillas, pues cinco hijos de la villa llegaron a ser ilustres prelados. Ciudad monumental, noble y aristocrática, alcanzó su máximo apogeo a finales del siglo XIX, cuando el rey Alfonso XII, y con él su Corte, la eligió como lugar de veraneo. Coincidió esta época con un periodo de gran auge artístico que culminó en las primeras manifestaciones del modernismo catalán. El impresionante legado artístico y arquitectónico deslumbra cada año a miles de visitantes. Y todo gracias a un mecenas, Antonio López y López, indiano por supuesto, que fue nombrado marqués de Comillas por Alfonso XII y que decidió utilizar su fortuna para convertir su ciudad natal en un auténtico tesoro monumental. Sin embargo, los orígenes de la ciudad son mucho más humildes: unos hombres de mar de San Vicente de la Barquera, empobrecidos a causa de un incendio que afectó a gran parte de esta villa, decidieron buscar otro lugar en la costa para poder continuar con su oficio de pescadores de besugos y ballenas. De este episodio deriva también el nombre de Comillas —ciudad que fue el último puerto cántabro en abandonar la pesca de ballenas—, ya que los pescadores se asentaron a cinco millas de Santillana y el nuevo enclave pasó a denominarse «Cin...Comillas». O al menos eso dice la leyenda. Hasta el siglo XIX, la villa fue poco más que un discreto puerto pesquero, pero en ese siglo apareció la figura del marqués de Comillas, que hizo fortuna en Cuba y, una vez que hubo regresado, contrató a artistas y arquitectos catalanes y financió la construcción de los numerosos edificios y monumentos modernistas que marcan el aspecto de la población. Buena prueba de la gran amistad que unía al marqués con el monarca Alfonso XII fue el Consejo de ministros que se celebró en Comillas en el año 1881, acontecimiento que fue aprovechado para instalar luz eléctrica en la ciudad, que se convirtió, por tanto, en la primera localidad española en disponer de este tipo de alumbrado. Modernismo catalán en Cantabria.
En 1881, el marqués encargó al arquitecto catalán Joan Martorell la construcción de su propia residencia palaciega, el Palacio de Sobrellano. De suntuoso estilo neogótico, destaca por su desbordante fachada con abigarrada ornamentación. Gestionado por el Gobierno Regional de Cantabria, el edificio acoge en la actualidad distintas exposiciones. La capilla anexa es el panteón de los Marqueses de Comillas, donde reposan los restos del marqués y de su familia. Destacan en la capilla las esculturas de mármol realizadas por Llimona, así como algunos muebles (bancos, reclinatorios, etc.) cuyo diseño fue encargado por Martorell a uno de sus colaboradores más aventajados: Antonio Gaudí. A unos 100 metros del palacio se halla el palacete de El Capricho, genial y extravagante obra del propio Gaudí en la que se refleja totalmente su desbordante imaginación y su característica despreocupación académica. Construido por encargo de un pariente del marqués, Máximo Díaz de Quijano, el edificio es uno de los más visitados de la villa y está repleto de sorprendentes detalles, como las flores de la torre del mirador, al que se accede por una escalera de caracol, las barandillas de los balcones, que tienen forma de banco, o las vidrieras de colores. Declarado monumento histórico-artístico en 1969, ha sido reconvertido en restaurante. Desde el parque al que se asoman ambos edificios se divisa la monumental figura de la Universidad Pontificia, situada en lo alto de una colina desde la que se puede contemplar toda la costa. Proyectada por los arquitectos Martorell, Cascante y Doménech, ocupa una superficie de más de dos hectáreas y, estilísticamente, ofrece un impresionante compendio del modernismo catalán. Durante el verano se organizan visitad guiadas. En dirección al puerto encontraremos el cementerio de San Cristóbal, obra de Lluís Doménech. Sobre uno de sus muros sobresale el Ángel Exterminador, realizado por Llimona y cuya mágica e inquietante silueta representa la angustiosa disputa romántica entre belleza y muerte. Destaca también el mausoleo de la familia Piélago. Aunque el cementerio suele estar cerrado, desde la espléndida puerta con verja de hierro se podrá admirar perfectamente la escultura del ángel. Una vez completada esta ruta modernista, conviene perderse por las calles del casco antiguo de Comillas para saborear su encantadora atmósfera medieval. La villa nos descubrirá una hermosa plaza medieval, donde se hallan el ayuntamiento y la iglesia de San Pedro, o pequeños tesoros escondidos en casi todos sus rincones, como el monumento al marqués de Comillas o la fuente de los Tres Caños, diseñados ambos por el ya mencionado Doménech. Callejeando, encontraremos también un buen número de casonas, mansiones o palacios, como la Casa del Duque, el Ocejo, el Casal del Castro o «La Coteruca». Merece la pena, por último, acercarse hasta el pequeño puerto pesquero, impregnado del típico ambiente marinero. Muy cerca está la playa, cuyas magníficas arenas blancas ya fueron disfrutadas por el rey Alfonso XII y su familia. La Naturaleza también es arte.
Prácticamente a la salida de Comillas nos encontramos con la ría de La Rabia, un magnífico lugar para la observación ornitológica que está declarado parque de anátidas, ya que la ensenada, repleta de arboledas, atrae a infinidad de aves marinas migratorias. El visitante podrá tomarse un merecido descanso en estos magníficos parajes, en un acogedor restaurante donde se pueden degustar los sabrosos pescados y mariscos del Cantábrico. Mención especial merecen las exquisitas angulas que todavía se pescan en la ría. Donde la ensenada se junta con el mar se extiende un amplio arenal, la playa de Oyambre, que forma parte del Parque Natural de Oyambre, un espacio protegido de 5.000 hectáreas enclavado entre Comillas y San Vicente de la Barquera. Marismas donde anidan numerosas aves, un complejo dunar que acoge valiosas especies vegetales y animales (destaca la comunidad de reptiles), rías rodeadas de formaciones arbóreas y espectaculares acantilados se funden en un entorno de excepcional belleza paisajística y enorme valor ecológico. |
Cómo llegar |
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Parque Natural de las Dunas de Liencres. El Parque Natural de las Dunas de Liencres, es el sistema dunar más importante y extenso del litoral cantábrico y el que presenta las dunas de mayor altura de España. Antes, entre los acantilados, la costa nos depara una serie de espectaculares playas y calas (por orden son San Juan de la Canal, Covachos, La Arnía, Portio, Cerrías y Somocuevas). A pesar de que algunas son de difícil acceso, merece la pena acercarse hasta ellas, ya que es todavía una zona no invadida por el vertiginoso proceso urbanizador (aunque tal vez no por mucho tiempo) donde se suceden varios islotes de formas sugerentes en los que reposan cormoranes o gaviotas, donde se pueden contemplar hermosos contrastes de color en las aguas, que acogen una numerosa fauna marina, y donde la acción erosiva del mar ha creado originales formaciones rocosas, como la que recibe el nombre de Aguja de las Gaviotas, situada junto a la playa de Portio. El Parque Natural de las Dunas de Liencres (recibió tal denominación en 1986) se extiende entre la ría de Mogro, donde desemboca el río Pas, y el mar Cantábrico, ocupando una superficie de 195 hectáreas. En el parque, que incluye dos playas (Canallave y Valdearenas), se pueden apreciar dos zonas dunares distintas: una de dunas móviles, situada junto a la playa, que ha ido avanzando hacia el interior por la acción del viento y ha requerido que se plante un extenso pinar para frenar su expansión; por el contrario, el otro tipo de dunas ha conseguido fijarse gracias a la ayuda de algunas especies vegetales como el junco de arena o el cardo marino. Estos parajes acogen a un gran número de aves migratorias, pero también a muchos surfistas, que se congregan, sobre todo, en la playa de Canallave, donde suelen romper grandes olas. Las dunas que se asoman a la ría caen casi en picado sobre la orilla y nos invitan a dejarnos deslizar por ellas para luego vadear la ría y llegar hasta Mogro. Sin embargo, hay que tener cuidado, ya que la corriente y la marea suelen jugar malas pasadas, por lo que, para alcanzar la citada localidad recomendamos tomar la carretera que pasa por Bóo de Piélagos. Muy cerca de esta población se hallan Puente Arce y Oruña, dos aldeas comunicadas por un antiguo puente medieval sobre el Pas, que deben su fama a la excelente y variada oferta gastronómica que brindan al visitante. . Naturaleza y patrimonio histórico.
Mogro, y la vecina Miengo, son dos típicas poblaciones de este tramo del litoral, zona en la que al atractivo turístico de las magníficas playas (Mogro, Usgo, Los Caballos, Marzán, etc.) se suma una notable riqueza histórica y monumental. Obligado es citar las iglesias parroquiales de Mogro, Miengo, Bárcena de Cudón y Cuchía o las distintas casonas montañesas de los siglos XVII y XVIII, como el barroco palacio de los Herrera. También aquí la costa está repleta de pequeños islotes, como la isla de los Conejos, de gran valor ornitológico, y, además, cuenta con numerosas zonas de marismas. Sin embargo, el más claro exponente de esta perfecta unión entre naturaleza y patrimonio artístico es Suances, localidad a la que se accede rodeando la ría de San Martín de la Arena, desembocadura de los ríos Saja y Besaya, que confluyen en Torrelavega. La villa es un puerto natural donde los romanos fundaron el importante Portus Blendium, hasta donde llegaba la calzada que, paralela al río Besaya, enlazaba las tierras de la meseta con el Cantábrico. La pesca y el comercio marítimo tuvieron también especial relevancia durante la Edad Media, aunque Suances fue, hasta bien entrado el siglo XIX, una ciudad dependiente de villas más influyentes como Santillana, Santander o Torrelavega (incluso en la actualidad, un alto porcentaje de su población trabaja en esta última ciudad). Hoy en día, Suances se presenta como un tranquilo y acogedor enclave turístico —a principios del siglo XX ya existían afamadas Casas de Baños. El núcleo urbano gira alrededor de la plaza de Viares, donde se hayan los dos edificios principales de la ciudad: el Ayuntamiento, del siglo XIX, y la casa de los Polanco, con hermosa portalada de piedra que ostenta el magnífico blasón familiar. A medida que nos acercamos a las playas, se multiplican los chalets, fincas residenciales o establecimientos hoteleros, que denotan el carácter turístico de la población. Una de las zonas más concurridas es el paseo de la Marina Española, que une el puerto pesquero con las playas de La Ribera y La Concha. Desde allí, podemos acercarnos hasta el faro, lugar en el que, entre el poderoso batir del oleaje, se podrán contemplar estupendas vistas de la ría de San Martín, y pasear por la pequeña península llamada punta del Dichoso, donde surge la casi salvaje playa de Los Locos, presidida desde lo alto de las rocas por un castillo construido en 1904. A lo largo de todo este paseo encontraremos numerosos restaurantes, cuyas especialidades, basadas, como es lógico, en los pescados y mariscos, atraen a los amantes de la buena mesa durante todo el año. De Suances a Santillana del Mar.
Es muy probable que Santillana sea uno de los lugares más hermosos de Cantabria, o por lo menos uno de los más visitados, y hacia allí nos dirigimos ahora. Para llegar desde Suances existen dos posibilidades, y la primera es tomar la S-474, que discurre paralela a la costa y pasa por las localidades de Tagle y Ubiarco. En Tagle, distintos caminos rurales nos llevan hasta Punta Ballota, zona de espectaculares acantilados e impresionantes vistas del litoral, así como hasta la agreste playa del Sable, con hermosa forma de concha. Un sendero de pescadores comunica esta playa con la de Ubiarco, denominada Santa Justa en referencia a la ermita del mismo nombre que se halla incrustada en una inusitada cavidad del acantilado. La alternativa para llegar a Santillana consiste en seguir la S-472, que se dirige hacia el sur, hacia Viveda. Antes nos detendremos en Cortiguera e Hinojedo, para conocer, en la primera localidad, el convento de Santo Domingo y la antigua torre de Barreda, aunque, tal vez, lo más interesante para el viajero resulten las magníficas panorámicas de buena parte de la ría de San Martín, con Requejada al otro lado, que se pueden contemplar desde el mirador situado en la misma carretera. En Hinojedo destacan una necrópolis medieval y la casa-palacio de Fernando Velarde. Por su parte, Viveda ofrece la oportunidad de visitar la casa-torre de la familia de los Calderón de la Barca, de inconfundible estilo y construida entre los siglos XIV y XV, y una iglesia con elementos románicos. Estamos ya a escasos kilómetros de Santillana del Mar, pero antes, pasamos por Queveda, donde merece la pena contemplar el palacio de don Beltrán de la Cueva, construido en el siglo XVI y declarado monumento histórico artístico en 1981. Sus fachadas de sillería, el noble escudo de la familia o las ventanas de medio punto son un ilustre preludio al increíble patrimonio monumental que nos espera en Santillana. Una historia escrita en las paredes.
Como una invitación a descubrir un lugar donde el tiempo parece no haber pasado, empedradas calles reciben al visitante que entra en Santillana del Mar, cuyo origen se remonta a principios de la Edad Media, cuando un grupo de monjes procedente de Asia Menor fundó un pequeño cenobio para custodiar las reliquias de una santa llamada Juliana que había sido martirizada en aquellas tierras durante las persecuciones de Diocleciano. Andando el tiempo, la ermita se transformó en monasterio y más tarde en colegiata. Mientras tanto, alrededor del templo fue creciendo una hermosa y recogida villa que tomó el nombre del monasterio (Sancta Iuliana venida del mar, que luego derivaría en Santillana del Mar) y cuyo desarrollo se vio favorecido por las donaciones de los reyes y nobles de Castilla, los fueros concedidos por Alfonso VIII el Noble (siglo XIII) y por el hecho de que Santillana fue lugar de paso del Camino de Santiago, detalle que influyó decisivamente en el trazado de sus calles, que, poco a poco, se fueron llenando de torres, casonas, plazas, huertos y corrales. Superada la época medieval, la ciudad vive una profunda decadencia que duró hasta entrado el siglo XIX y que se vio agravada por la masiva emigración a América del siglo XVIII. Como el resto de la región, Santillana logró salir de esta crisis gracias al comercio con Las Indias (la principal actividad a finales del siglo XVIII era el tejido del lino y la lana, dos de los productos más exportados) y a los indianos que regresaron para invertir sus fortunas en el lugar donde habían nacido. A mediados del siglo XIX, la ciudad se pone de moda entre la alta sociedad madrileña como lugar de veraneo y ello contribuye a revalorizar sus palacios y mansiones, así como a la restauración y conservación de su patrimonio arquitectónico. En 1889 toda la villa es declarada monumento histórico artístico. Buena prueba de su definitivo reconocimiento nacional e internacional es la atención que mereció por parte de célebres literatos, entre otros Ortega y Gasset («una villa hecha para que delante se reciten décimas sin parar») o Jean Paul Sartre («Santillana es una reliquia en la vida del hombre»). Sin duda, Santillana ha sabido mantener su noble aspecto medieval, una identidad peculiar que refleja su antigua historia, una historia escrita en las mudas paredes de sus señoriales edificios. Balcones volados, amplios soportales, fachadas historiadas y, sobre todo, numerosos escudos heráldicos nos hablan de las leyendas y hazañas de las ilustres familias que forjaron la historia de esta villa. Incluso muchos blasones poseen su propia inscripción, como el del Parador Gil-Blas, antigua vivienda de los Barreda-Bracho («Bracho fuerte que a Italia dio terror, y a Sforcia muerte»), o el de la Casa de los Quirós, donde se lee: «Antes que Dios fuera Dios, y los peñascos, peñascos; los Quirós fueron Quirós, y los Velascos, Velascos». La Colegiata de Santa Juliana.
Es el monumento más emblemático de Santillana —recordemos que la villa nació alrededor de la primitiva ermita que se hallaba en el mismo lugar que hoy ocupa la colegiata— y su figura parece atraer inmediatamente los pasos de todo el que llega al pueblo. La construcción actual data del siglo XII y la Unesco la declaró patrimonio de la humanidad en 1985. Obra cumbre del singular románico cántabro, exhibe una fachada de piedra dorada presidida por una portada de cuatro arquivoltas sobre la que descansa un frontón triangular, añadido en el siglo XVII, con la imagen de Santa Juliana. En el interior, las tres naves, entre las que destaca la central, están separadas por pilares con hermosos capiteles de temática típicamente románica (guerreros y caballeros legendarios, personajes bíblicos, motivos eróticos, etc.). De gran valor resultan los relieves de los ábsides, los valiosos objetos de orfebrería que se conservan en la sacristía, el sepulcro de Santa Juliana, que data de 1453, y el retablo mayor, un espléndido conjunto artístico con la escultura de Santa Juliana y tallas de los apóstoles. Aún así, según los entendidos, la joya más apreciada es el claustro, considerado como uno de los más interesantes de España. Adosado a la fachada norte, está rodeado por finos capiteles historiados cuyo repertorio escultórico e iconográfico, con motivos vegetales, bíblicos, geométricos o alegóricos, sorprende por su excepcional belleza. El hechizo de media docena de calles.
La auténtica belleza de Santillana se descubre dejándose llevar por las pocas calles que conforman la villa, repletas todas de casonas solariegas que rebosan señorío y elegancia y que son palacios o monumentos en potencia. De hecho, en la actualidad, las casas en cuyo interior no se ha instalado un museo o una sala de exposiciones han sido reconvertidas en peculiares tiendas de artesanía, de regalos, de antigüedades, de cerámica o de productos típicos de la gastronomía local. En la misma plaza de la colegiata se puede visitar el museo de Jesús Otero, dedicado a este escultor nacido en Santillana, o el hermoso patio-jardín de la casa de los abades (o de la Archiduquesa), que sirve de local a la primera tienda de antigüedades que se instaló en la villa, así como contemplar los espléndidos blasones que lucen las fachadas de las casas de Cossío y Quevedo, situadas frente al abrevadero y en cuyos bajos es casi un ritual tomarse un vaso de la sabrosa leche fresca que se obtiene de las vacas que pastan en las praderas del pueblo. Por detrás de Santa Juliana se llega a la plaza de las Arenas, en la que se alza el palacio de Velarde, construido en el siglo XVI y que cuenta con numerosos pináculos y hermosas ventanas. Nuestro recorrido puede continuar por las calles del Río, que sale de la misma plaza de la colegiata, y del Cantón hasta llegar a la plaza mayor, también llamada plaza del mercado. En este trayecto es obligado detenerse a contemplar los magníficos tejados, fachadas, escudos o balcones de madera, casi siempre repletos de flores, de los distintos edificios, que compiten en belleza con sus cancelas, puertas o aldabas y nos transportan a un mundo pasado. Destaca la casa de los Hombrones, del siglo XVII y que debe su apelativo a los dos guerreros que sujetan el pesado escudo de la familia. Sus poderosas arcadas dejan paso, un poco más arriba, a la casa de Leonor de la Vega (siglo XV), madre del primer marqués de Santillana, a la torre de Velarde y a la casa de los Bustamante. De aspecto triangular, la plaza del mercado debe su nombre al mercado semanal que allí se celebraba desde 1209 y en ella se concentran diversos edificios civiles de gran interés histórico y arquitectónico, como el palacio del Ayuntamiento, construido en el siglo XVIII. El conjunto se completa con la torre de los Borja, gótica y sede actual de la Fundación Santillana, las casas del Águila y de la Parra, que albergan el museo etnográfico y una sala de exposiciones, la torre del Merino, fortaleza de aspecto militar construida en el siglo XIV y que ha sufrido muy pocos retoques, y el palacio de los Barreda, convertido hoy en día en el Parador Nacional Gil Blas. Un bisonte de piedra, obra de Jesús Otero, preside la plaza como homenaje de Santillana a las cuevas de Altamira. Desde allí podemos ir a la calle de Santo Domingo, donde encontraremos el famoso palacio del marqués de Benamejís, que guarda valiosos cuadros del siglo XVIII, y luego a la de Jesús Tagle para visitar el convento Regina Coeli, construido entre los siglos XVI y XVII y ocupado desde el año 1835 por una comunidad de monjas clarisas. El edificio aloja en su interior el Museo Diocesano, cuyo fin es recuperar el patrimonio artístico-religioso de la región. Podremos admirar una valiosa colección de más de 800 piezas (tallas de santos, una colección de Cristos, imaginería, etc.) procedentes en su mayoría de iglesias, ermitas y templos de toda la geografía cántabra. Las monjas dirigen, además, un prestigioso taller de restauración de obras de arte. Muy cerca de este convento se halla la casona de los Sánchez Tagle, cuya fachada luce otro de los monumentales escudos heráldicos que pueden contemplarse en la localidad, a la que algunos lugareños llaman la «villa de tres mentiras», ya que por extraña y curiosa paradoja Santillana del Mar ni es santa ni es llana ni tiene mar. Para completar nuestro recorrido podemos acercarnos al convento de San Ildefonso (siglo XVII), regentado por una comunidad de Madres Dominicas que elaboran artesanalmente una exquisita repostería, y al Campo Revolgo, un agradable espacio verde sombreado por hermosos robles. La Capilla Sixtina del arte Cuaternario.
A escasos dos kilómetros de Santillana se halla la cueva de Altamira, tal vez el yacimiento prehistórico más importante del mundo, que reúne en su interior una inigualable colección de pinturas, dibujos y grabados plasmados hace unos 15.000 años por los primeros artistas de la historia, cuyo talento y capacidad creativa todavía causan admiración en nuestros días. Altamira fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1985. Corría el año 1879 cuando la hija de Marcelino Sanz de Sautuola, que solía acompañar a su padre, típico noble del siglo XIX aficionado a la arqueología, en sus rastreos por la zona en busca de fósiles, huesos y objetos prehistóricos, descubrió en el techo de una de las galerías de esta caverna unas extrañas figuras de animales. Salían a la luz, de este modo, las pinturas rupestres de Altamira: fantásticos frescos polícromos de bisontes, ciervos, toros y otros animales de tamaño casi real cuyos autores habían aprovechado las grietas e imperfecciones de la roca para crear efectos de movimiento y relieve. En un principio, la comunidad científica tachó a Sanz de Sautuola de farsante y negó la antigüedad de aquellas pinturas, posiblemente porque no estaba preparada para replantearse todo lo que se sabía hasta entonces sobre el origen de la humanidad. Su autenticidad no fue reconocida hasta 1902, en buena parte gracias al descubrimiento de otras muestras de arte rupestre en las cuevas de Pair-non-Pair (1892), La Mouthe (1895) y Font de Gaume (1902), todas en el sur de Francia. Los casi 300 metros de largo de este santuario del arte paleolítico se articulan en distintas dependencias, entre las que destaca el célebre gran salón, conocido también como la capilla sixtina. La altura de su techo oscilaba originalmente entre 80 centímetros y 2 metros, pero hace años fue rebajada para facilitar la visita y la contemplación de una manada de bisontes rodeada por una cierva, varios jabalíes y muchos signos hasta ahora indescifrados. Sorprende la precisión de los dibujos, sobre todo si se tiene en cuenta que el reducido espacio no permitía al autor, o autores, tener una visión global de la escena. De gran interés son también la sala del pozo y la galería cola de caballo, donde podemos contemplar otros dibujos de animales, figuras humanas con cabeza de animal, manos, máscaras y signos rituales. Hasta 1977 no existían requisitos previos para acceder a la cueva, pero el grave peligro de deterioro que corrían las pinturas, debido sobre todo a la alteración del especial microclima de la caverna y a la acción humana (algunos llegaron incluso a dejar su firma en las paredes rocosas), llevó a los expertos a cerrar la cueva. Desde su reapertura, en el año 1982, la entrada está limitada a veinte personas diarias por lo que para visitarla hay que solicitar un permiso con dos o tres años de antelación al Centro de Investigación de Altamira. Esta larguísima lista de espera fue el motivo de que se pusiera en marcha un proyecto para crear una réplica exacta del gran salón y de otras pinturas en los aledaños de la caverna original. Hoy en día una realidad que merece la pena visitar y conocer. En el mismo recinto de la cueva de Altamira se hallan el Museo Didáctico, una sala de video, la biblioteca y la cueva de las Estalactitas, mientras que en las cercanías se puede visitar la localidad de Puente de San Miguel y el zoo de Santillana. Éste ocupa una superficie de 35.000 metros cuadrados e incluye especies animales de los cinco continentes, algunas de ellas en peligro de extinción. Cuenta también con un acuario y un jardín de mariposas. En cambio, en Puente de San Miguel encontraremos la ermita donde se celebró la reunión que dio origen al nacimiento de la provincia de Cantabria, así como el Jardín Histórico, donde se halla el que fue palacio de verano de Sanz de Sautuola. Limones y arte colonial.
Desde Santillana del Mar proseguimos nuestro recorrido por la cornisa cantábrica en dirección a Comillas. La comarcal 6316, a su paso por Oreña, nos permite contemplar la bella ermita de San Bartolomé, sencilla pero con hermosos y sorprendentes detalles en su fachada, tan sorprendentes como el elevado número de tiendas de antigüedades reunidas en este pequeño pueblo. Un poco más adelante encontraremos un desvío hacia Novales, peculiar población donde, gracias a su especial microclima de rasgos mediterráneos, se cultivan abundantes y excelentes limones, un producto nada habitual en esta zona de la península española. Gozan estos cítricos de merecida y antigua fama, ya que, al parecer, en tiempos pasados los navegantes cántabros consumían en alta mar gran cantidad de limones de esta localidad para evitar las epidemias. Conserva Novales una interesante edificación religiosa de estilo renacentista, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, fundada en el siglo XVI y con interesantes retablos barrocos en su interior. A su alrededor se concentran distintas casonas señoriales con hermosas verjas de hierro y amplias solanas. Por supuesto, cada una de ellas posee su propio huerto de limoneros. Desde Novales resulta recomendable realizar una breve visita a dos localidades vecinas, Toñanes y Cigüenza. La primera nos ofrece los restos de una necrópolis medieval, así como espectaculares vistas desde un acantilado llamado El Bolau, mientras que en la segunda hallaremos un nuevo ejemplo de esos magníficos palacios, mansiones o templos que nos han dejado en herencia las nobles familias y las distintas órdenes religiosas que se asentaron en Cantabria: la iglesia de San Martín. Construida en el siglo XVIII por deseo de un indiano, el primer conde de la familia de los Tagle, constituye uno de los monumentos más relevantes del patrimonio histórico artístico de la región. Las dos torres que flanquean la magnífica portada demuestran claramente la influencia del arte colonial —Juan Antonio de Tagle, el impulsor de la obra, llegó a ocupar un alto cargo del Virreinato de Perú, a donde había emigrado de niño. El pequeño encanto de Cóbreces.
Nuestra próxima parada es Cóbreces, un entrañable caserío que surge en un entorno paisajístico de gran belleza. Situado sobre una colina cercana a la ría de Luaña cuyas lomas están parcialmente cubiertas por prados de siega, base de la economía de esta zona, nos sorprenden enseguida las blancas siluetas de dos magníficos edificios que, a pesar de todo, no desentonan en el verde colorido de un ambiente típicamente rural: el monasterio de Santa María de Viaceli y, a su lado, la iglesia de San Pedro Advíncula. El primero, construido a principios del siglo XX, es fruto del testamento del último miembro de la familia de los Quirós, cuya postrera voluntad fue que, en el lugar que ocupaba la casona familiar, se fundase una abadía de religiosos trapenses, originarios de Francia, con el objetivo de que éstos se dedicasen a la enseñanza de las técnicas agrícolas. De estilo neogótico, el edificio destaca por los bellos arcos de las ventanas de la fachada y por su cimborrio octogonal. Además de sus deberes espirituales, los monjes del monasterio, que dispone de una moderna hospedería de 17 habitaciones, elaboran y venden los sabrosos quesos de Trapa, así como chocolates, licores y mermeladas. La iglesia de San Pedro Advíncula, que data de la misma época, exhibe dos torres de más de 30 metros de altura que reclaman la atención del viajero desde varios kilómetros de distancia. Como el monasterio, la iglesia es obra de jándalos, los Villegas, y cuenta con hermoso jardín y valiosa biblioteca. Para completar la visita a Cóbreces, nos acercaremos a la ermita gótica de Santa Ana, sin olvidar que el pueblo cuenta con la pequeña pero encantadora playa de Lueña, concurrido punto de atracción turística rodeado de magníficos prados verdes. Un lugar de tradiciones.
Tan sólo 10 kilómetros nos separan de Comillas, pero los bellos parajes costeros por los que discurre con suavidad la C-6136 todavía nos ofrecen nuevas posibilidades de descubrir sorprendentes panorámicas y encantadoras aldeas. Si Fresnedo nos permite contemplar espléndidas vistas de la zona, en Liandres podremos conocer la casona de los Reyes y la ermita de la Virgen de los Remedios, construida en 1880 y donde, el 2 de julio de cada año, se celebra una multitudinaria romería. Sin embargo, en este pequeño tramo de nuestro itinerario la población más interesante es Ruiloba, típico pueblo montañés que antaño tuvo un importante puerto comercial. El centro urbano, algo apartado de la comarcal, se halla en el barrio de la Iglesia, donde vistosos ejemplos de casonas señoriales, con espléndidos blasones heráldicos, plantas exóticas o férreas verjas —signos inequívocos de la antigua presencia de indianos—, se concentran alrededor de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. El templo actual fue construido a finales del siglo XIX y destaca por la afilada figura de su puntiaguda torre. Ruiloba es sin duda un lugar de tradiciones, reflejadas, por ejemplo, en la fiesta del Mozuco, que se celebra el nueve de septiembre e incluye una popular romería hasta la ermita de la Caridad. Así mismo, las gentes del lugar han sabido hacer perdurar antiguos bailes, como las danzas de Las Lanzas o la de los Picayos. El pueblo dispone también de una buena oferta hostelera y los que decidan pernoctar en la localidad no quedarán defraudados si lo hacen en La Cigoña, una antigua casona rural restaurada y decorada con muebles de época cuyo restaurante goza de mucha popularidad por la calidad de su cocina tradicional. La villa de los arzobispos.
Es éste el sobrenombre que recibe Comillas, pues cinco hijos de la villa llegaron a ser ilustres prelados. Ciudad monumental, noble y aristocrática, alcanzó su máximo apogeo a finales del siglo XIX, cuando el rey Alfonso XII, y con él su Corte, la eligió como lugar de veraneo. Coincidió esta época con un periodo de gran auge artístico que culminó en las primeras manifestaciones del modernismo catalán. El impresionante legado artístico y arquitectónico deslumbra cada año a miles de visitantes. Y todo gracias a un mecenas, Antonio López y López, indiano por supuesto, que fue nombrado marqués de Comillas por Alfonso XII y que decidió utilizar su fortuna para convertir su ciudad natal en un auténtico tesoro monumental. Sin embargo, los orígenes de la ciudad son mucho más humildes: unos hombres de mar de San Vicente de la Barquera, empobrecidos a causa de un incendio que afectó a gran parte de esta villa, decidieron buscar otro lugar en la costa para poder continuar con su oficio de pescadores de besugos y ballenas. De este episodio deriva también el nombre de Comillas —ciudad que fue el último puerto cántabro en abandonar la pesca de ballenas—, ya que los pescadores se asentaron a cinco millas de Santillana y el nuevo enclave pasó a denominarse «Cin...Comillas». O al menos eso dice la leyenda. Hasta el siglo XIX, la villa fue poco más que un discreto puerto pesquero, pero en ese siglo apareció la figura del marqués de Comillas, que hizo fortuna en Cuba y, una vez que hubo regresado, contrató a artistas y arquitectos catalanes y financió la construcción de los numerosos edificios y monumentos modernistas que marcan el aspecto de la población. Buena prueba de la gran amistad que unía al marqués con el monarca Alfonso XII fue el Consejo de ministros que se celebró en Comillas en el año 1881, acontecimiento que fue aprovechado para instalar luz eléctrica en la ciudad, que se convirtió, por tanto, en la primera localidad española en disponer de este tipo de alumbrado. Modernismo catalán en Cantabria.
En 1881, el marqués encargó al arquitecto catalán Joan Martorell la construcción de su propia residencia palaciega, el Palacio de Sobrellano. De suntuoso estilo neogótico, destaca por su desbordante fachada con abigarrada ornamentación. Gestionado por el Gobierno Regional de Cantabria, el edificio acoge en la actualidad distintas exposiciones. La capilla anexa es el panteón de los Marqueses de Comillas, donde reposan los restos del marqués y de su familia. Destacan en la capilla las esculturas de mármol realizadas por Llimona, así como algunos muebles (bancos, reclinatorios, etc.) cuyo diseño fue encargado por Martorell a uno de sus colaboradores más aventajados: Antonio Gaudí. A unos 100 metros del palacio se halla el palacete de El Capricho, genial y extravagante obra del propio Gaudí en la que se refleja totalmente su desbordante imaginación y su característica despreocupación académica. Construido por encargo de un pariente del marqués, Máximo Díaz de Quijano, el edificio es uno de los más visitados de la villa y está repleto de sorprendentes detalles, como las flores de la torre del mirador, al que se accede por una escalera de caracol, las barandillas de los balcones, que tienen forma de banco, o las vidrieras de colores. Declarado monumento histórico-artístico en 1969, ha sido reconvertido en restaurante. Desde el parque al que se asoman ambos edificios se divisa la monumental figura de la Universidad Pontificia, situada en lo alto de una colina desde la que se puede contemplar toda la costa. Proyectada por los arquitectos Martorell, Cascante y Doménech, ocupa una superficie de más de dos hectáreas y, estilísticamente, ofrece un impresionante compendio del modernismo catalán. Durante el verano se organizan visitad guiadas. En dirección al puerto encontraremos el cementerio de San Cristóbal, obra de Lluís Doménech. Sobre uno de sus muros sobresale el Ángel Exterminador, realizado por Llimona y cuya mágica e inquietante silueta representa la angustiosa disputa romántica entre belleza y muerte. Destaca también el mausoleo de la familia Piélago. Aunque el cementerio suele estar cerrado, desde la espléndida puerta con verja de hierro se podrá admirar perfectamente la escultura del ángel. Una vez completada esta ruta modernista, conviene perderse por las calles del casco antiguo de Comillas para saborear su encantadora atmósfera medieval. La villa nos descubrirá una hermosa plaza medieval, donde se hallan el ayuntamiento y la iglesia de San Pedro, o pequeños tesoros escondidos en casi todos sus rincones, como el monumento al marqués de Comillas o la fuente de los Tres Caños, diseñados ambos por el ya mencionado Doménech. Callejeando, encontraremos también un buen número de casonas, mansiones o palacios, como la Casa del Duque, el Ocejo, el Casal del Castro o «La Coteruca». Merece la pena, por último, acercarse hasta el pequeño puerto pesquero, impregnado del típico ambiente marinero. Muy cerca está la playa, cuyas magníficas arenas blancas ya fueron disfrutadas por el rey Alfonso XII y su familia. La Naturaleza también es arte.
Prácticamente a la salida de Comillas nos encontramos con la ría de La Rabia, un magnífico lugar para la observación ornitológica que está declarado parque de anátidas, ya que la ensenada, repleta de arboledas, atrae a infinidad de aves marinas migratorias. El visitante podrá tomarse un merecido descanso en estos magníficos parajes, en un acogedor restaurante donde se pueden degustar los sabrosos pescados y mariscos del Cantábrico. Mención especial merecen las exquisitas angulas que todavía se pescan en la ría. Donde la ensenada se junta con el mar se extiende un amplio arenal, la playa de Oyambre, que forma parte del Parque Natural de Oyambre, un espacio protegido de 5.000 hectáreas enclavado entre Comillas y San Vicente de la Barquera. Marismas donde anidan numerosas aves, un complejo dunar que acoge valiosas especies vegetales y animales (destaca la comunidad de reptiles), rías rodeadas de formaciones arbóreas y espectaculares acantilados se funden en un entorno de excepcional belleza paisajística y enorme valor ecológico. |
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Parque Natural de las Dunas de Liencres. El Parque Natural de las Dunas de Liencres, es el sistema dunar más importante y extenso del litoral cantábrico y el que presenta las dunas de mayor altura de España. Antes, entre los acantilados, la costa nos depara una serie de espectaculares playas y calas (por orden son San Juan de la Canal, Covachos, La Arnía, Portio, Cerrías y Somocuevas). A pesar de que algunas son de difícil acceso, merece la pena acercarse hasta ellas, ya que es todavía una zona no invadida por el vertiginoso proceso urbanizador (aunque tal vez no por mucho tiempo) donde se suceden varios islotes de formas sugerentes en los que reposan cormoranes o gaviotas, donde se pueden contemplar hermosos contrastes de color en las aguas, que acogen una numerosa fauna marina, y donde la acción erosiva del mar ha creado originales formaciones rocosas, como la que recibe el nombre de Aguja de las Gaviotas, situada junto a la playa de Portio. El Parque Natural de las Dunas de Liencres (recibió tal denominación en 1986) se extiende entre la ría de Mogro, donde desemboca el río Pas, y el mar Cantábrico, ocupando una superficie de 195 hectáreas. En el parque, que incluye dos playas (Canallave y Valdearenas), se pueden apreciar dos zonas dunares distintas: una de dunas móviles, situada junto a la playa, que ha ido avanzando hacia el interior por la acción del viento y ha requerido que se plante un extenso pinar para frenar su expansión; por el contrario, el otro tipo de dunas ha conseguido fijarse gracias a la ayuda de algunas especies vegetales como el junco de arena o el cardo marino. Estos parajes acogen a un gran número de aves migratorias, pero también a muchos surfistas, que se congregan, sobre todo, en la playa de Canallave, donde suelen romper grandes olas. Las dunas que se asoman a la ría caen casi en picado sobre la orilla y nos invitan a dejarnos deslizar por ellas para luego vadear la ría y llegar hasta Mogro. Sin embargo, hay que tener cuidado, ya que la corriente y la marea suelen jugar malas pasadas, por lo que, para alcanzar la citada localidad recomendamos tomar la carretera que pasa por Bóo de Piélagos. Muy cerca de esta población se hallan Puente Arce y Oruña, dos aldeas comunicadas por un antiguo puente medieval sobre el Pas, que deben su fama a la excelente y variada oferta gastronómica que brindan al visitante. . Naturaleza y patrimonio histórico.
Mogro, y la vecina Miengo, son dos típicas poblaciones de este tramo del litoral, zona en la que al atractivo turístico de las magníficas playas (Mogro, Usgo, Los Caballos, Marzán, etc.) se suma una notable riqueza histórica y monumental. Obligado es citar las iglesias parroquiales de Mogro, Miengo, Bárcena de Cudón y Cuchía o las distintas casonas montañesas de los siglos XVII y XVIII, como el barroco palacio de los Herrera. También aquí la costa está repleta de pequeños islotes, como la isla de los Conejos, de gran valor ornitológico, y, además, cuenta con numerosas zonas de marismas. Sin embargo, el más claro exponente de esta perfecta unión entre naturaleza y patrimonio artístico es Suances, localidad a la que se accede rodeando la ría de San Martín de la Arena, desembocadura de los ríos Saja y Besaya, que confluyen en Torrelavega. La villa es un puerto natural donde los romanos fundaron el importante Portus Blendium, hasta donde llegaba la calzada que, paralela al río Besaya, enlazaba las tierras de la meseta con el Cantábrico. La pesca y el comercio marítimo tuvieron también especial relevancia durante la Edad Media, aunque Suances fue, hasta bien entrado el siglo XIX, una ciudad dependiente de villas más influyentes como Santillana, Santander o Torrelavega (incluso en la actualidad, un alto porcentaje de su población trabaja en esta última ciudad). Hoy en día, Suances se presenta como un tranquilo y acogedor enclave turístico —a principios del siglo XX ya existían afamadas Casas de Baños. El núcleo urbano gira alrededor de la plaza de Viares, donde se hayan los dos edificios principales de la ciudad: el Ayuntamiento, del siglo XIX, y la casa de los Polanco, con hermosa portalada de piedra que ostenta el magnífico blasón familiar. A medida que nos acercamos a las playas, se multiplican los chalets, fincas residenciales o establecimientos hoteleros, que denotan el carácter turístico de la población. Una de las zonas más concurridas es el paseo de la Marina Española, que une el puerto pesquero con las playas de La Ribera y La Concha. Desde allí, podemos acercarnos hasta el faro, lugar en el que, entre el poderoso batir del oleaje, se podrán contemplar estupendas vistas de la ría de San Martín, y pasear por la pequeña península llamada punta del Dichoso, donde surge la casi salvaje playa de Los Locos, presidida desde lo alto de las rocas por un castillo construido en 1904. A lo largo de todo este paseo encontraremos numerosos restaurantes, cuyas especialidades, basadas, como es lógico, en los pescados y mariscos, atraen a los amantes de la buena mesa durante todo el año. De Suances a Santillana del Mar.
Es muy probable que Santillana sea uno de los lugares más hermosos de Cantabria, o por lo menos uno de los más visitados, y hacia allí nos dirigimos ahora. Para llegar desde Suances existen dos posibilidades, y la primera es tomar la S-474, que discurre paralela a la costa y pasa por las localidades de Tagle y Ubiarco. En Tagle, distintos caminos rurales nos llevan hasta Punta Ballota, zona de espectaculares acantilados e impresionantes vistas del litoral, así como hasta la agreste playa del Sable, con hermosa forma de concha. Un sendero de pescadores comunica esta playa con la de Ubiarco, denominada Santa Justa en referencia a la ermita del mismo nombre que se halla incrustada en una inusitada cavidad del acantilado. La alternativa para llegar a Santillana consiste en seguir la S-472, que se dirige hacia el sur, hacia Viveda. Antes nos detendremos en Cortiguera e Hinojedo, para conocer, en la primera localidad, el convento de Santo Domingo y la antigua torre de Barreda, aunque, tal vez, lo más interesante para el viajero resulten las magníficas panorámicas de buena parte de la ría de San Martín, con Requejada al otro lado, que se pueden contemplar desde el mirador situado en la misma carretera. En Hinojedo destacan una necrópolis medieval y la casa-palacio de Fernando Velarde. Por su parte, Viveda ofrece la oportunidad de visitar la casa-torre de la familia de los Calderón de la Barca, de inconfundible estilo y construida entre los siglos XIV y XV, y una iglesia con elementos románicos. Estamos ya a escasos kilómetros de Santillana del Mar, pero antes, pasamos por Queveda, donde merece la pena contemplar el palacio de don Beltrán de la Cueva, construido en el siglo XVI y declarado monumento histórico artístico en 1981. Sus fachadas de sillería, el noble escudo de la familia o las ventanas de medio punto son un ilustre preludio al increíble patrimonio monumental que nos espera en Santillana. Una historia escrita en las paredes.
Como una invitación a descubrir un lugar donde el tiempo parece no haber pasado, empedradas calles reciben al visitante que entra en Santillana del Mar, cuyo origen se remonta a principios de la Edad Media, cuando un grupo de monjes procedente de Asia Menor fundó un pequeño cenobio para custodiar las reliquias de una santa llamada Juliana que había sido martirizada en aquellas tierras durante las persecuciones de Diocleciano. Andando el tiempo, la ermita se transformó en monasterio y más tarde en colegiata. Mientras tanto, alrededor del templo fue creciendo una hermosa y recogida villa que tomó el nombre del monasterio (Sancta Iuliana venida del mar, que luego derivaría en Santillana del Mar) y cuyo desarrollo se vio favorecido por las donaciones de los reyes y nobles de Castilla, los fueros concedidos por Alfonso VIII el Noble (siglo XIII) y por el hecho de que Santillana fue lugar de paso del Camino de Santiago, detalle que influyó decisivamente en el trazado de sus calles, que, poco a poco, se fueron llenando de torres, casonas, plazas, huertos y corrales. Superada la época medieval, la ciudad vive una profunda decadencia que duró hasta entrado el siglo XIX y que se vio agravada por la masiva emigración a América del siglo XVIII. Como el resto de la región, Santillana logró salir de esta crisis gracias al comercio con Las Indias (la principal actividad a finales del siglo XVIII era el tejido del lino y la lana, dos de los productos más exportados) y a los indianos que regresaron para invertir sus fortunas en el lugar donde habían nacido. A mediados del siglo XIX, la ciudad se pone de moda entre la alta sociedad madrileña como lugar de veraneo y ello contribuye a revalorizar sus palacios y mansiones, así como a la restauración y conservación de su patrimonio arquitectónico. En 1889 toda la villa es declarada monumento histórico artístico. Buena prueba de su definitivo reconocimiento nacional e internacional es la atención que mereció por parte de célebres literatos, entre otros Ortega y Gasset («una villa hecha para que delante se reciten décimas sin parar») o Jean Paul Sartre («Santillana es una reliquia en la vida del hombre»). Sin duda, Santillana ha sabido mantener su noble aspecto medieval, una identidad peculiar que refleja su antigua historia, una historia escrita en las mudas paredes de sus señoriales edificios. Balcones volados, amplios soportales, fachadas historiadas y, sobre todo, numerosos escudos heráldicos nos hablan de las leyendas y hazañas de las ilustres familias que forjaron la historia de esta villa. Incluso muchos blasones poseen su propia inscripción, como el del Parador Gil-Blas, antigua vivienda de los Barreda-Bracho («Bracho fuerte que a Italia dio terror, y a Sforcia muerte»), o el de la Casa de los Quirós, donde se lee: «Antes que Dios fuera Dios, y los peñascos, peñascos; los Quirós fueron Quirós, y los Velascos, Velascos». La Colegiata de Santa Juliana.
Es el monumento más emblemático de Santillana —recordemos que la villa nació alrededor de la primitiva ermita que se hallaba en el mismo lugar que hoy ocupa la colegiata— y su figura parece atraer inmediatamente los pasos de todo el que llega al pueblo. La construcción actual data del siglo XII y la Unesco la declaró patrimonio de la humanidad en 1985. Obra cumbre del singular románico cántabro, exhibe una fachada de piedra dorada presidida por una portada de cuatro arquivoltas sobre la que descansa un frontón triangular, añadido en el siglo XVII, con la imagen de Santa Juliana. En el interior, las tres naves, entre las que destaca la central, están separadas por pilares con hermosos capiteles de temática típicamente románica (guerreros y caballeros legendarios, personajes bíblicos, motivos eróticos, etc.). De gran valor resultan los relieves de los ábsides, los valiosos objetos de orfebrería que se conservan en la sacristía, el sepulcro de Santa Juliana, que data de 1453, y el retablo mayor, un espléndido conjunto artístico con la escultura de Santa Juliana y tallas de los apóstoles. Aún así, según los entendidos, la joya más apreciada es el claustro, considerado como uno de los más interesantes de España. Adosado a la fachada norte, está rodeado por finos capiteles historiados cuyo repertorio escultórico e iconográfico, con motivos vegetales, bíblicos, geométricos o alegóricos, sorprende por su excepcional belleza. El hechizo de media docena de calles.
La auténtica belleza de Santillana se descubre dejándose llevar por las pocas calles que conforman la villa, repletas todas de casonas solariegas que rebosan señorío y elegancia y que son palacios o monumentos en potencia. De hecho, en la actualidad, las casas en cuyo interior no se ha instalado un museo o una sala de exposiciones han sido reconvertidas en peculiares tiendas de artesanía, de regalos, de antigüedades, de cerámica o de productos típicos de la gastronomía local. En la misma plaza de la colegiata se puede visitar el museo de Jesús Otero, dedicado a este escultor nacido en Santillana, o el hermoso patio-jardín de la casa de los abades (o de la Archiduquesa), que sirve de local a la primera tienda de antigüedades que se instaló en la villa, así como contemplar los espléndidos blasones que lucen las fachadas de las casas de Cossío y Quevedo, situadas frente al abrevadero y en cuyos bajos es casi un ritual tomarse un vaso de la sabrosa leche fresca que se obtiene de las vacas que pastan en las praderas del pueblo. Por detrás de Santa Juliana se llega a la plaza de las Arenas, en la que se alza el palacio de Velarde, construido en el siglo XVI y que cuenta con numerosos pináculos y hermosas ventanas. Nuestro recorrido puede continuar por las calles del Río, que sale de la misma plaza de la colegiata, y del Cantón hasta llegar a la plaza mayor, también llamada plaza del mercado. En este trayecto es obligado detenerse a contemplar los magníficos tejados, fachadas, escudos o balcones de madera, casi siempre repletos de flores, de los distintos edificios, que compiten en belleza con sus cancelas, puertas o aldabas y nos transportan a un mundo pasado. Destaca la casa de los Hombrones, del siglo XVII y que debe su apelativo a los dos guerreros que sujetan el pesado escudo de la familia. Sus poderosas arcadas dejan paso, un poco más arriba, a la casa de Leonor de la Vega (siglo XV), madre del primer marqués de Santillana, a la torre de Velarde y a la casa de los Bustamante. De aspecto triangular, la plaza del mercado debe su nombre al mercado semanal que allí se celebraba desde 1209 y en ella se concentran diversos edificios civiles de gran interés histórico y arquitectónico, como el palacio del Ayuntamiento, construido en el siglo XVIII. El conjunto se completa con la torre de los Borja, gótica y sede actual de la Fundación Santillana, las casas del Águila y de la Parra, que albergan el museo etnográfico y una sala de exposiciones, la torre del Merino, fortaleza de aspecto militar construida en el siglo XIV y que ha sufrido muy pocos retoques, y el palacio de los Barreda, convertido hoy en día en el Parador Nacional Gil Blas. Un bisonte de piedra, obra de Jesús Otero, preside la plaza como homenaje de Santillana a las cuevas de Altamira. Desde allí podemos ir a la calle de Santo Domingo, donde encontraremos el famoso palacio del marqués de Benamejís, que guarda valiosos cuadros del siglo XVIII, y luego a la de Jesús Tagle para visitar el convento Regina Coeli, construido entre los siglos XVI y XVII y ocupado desde el año 1835 por una comunidad de monjas clarisas. El edificio aloja en su interior el Museo Diocesano, cuyo fin es recuperar el patrimonio artístico-religioso de la región. Podremos admirar una valiosa colección de más de 800 piezas (tallas de santos, una colección de Cristos, imaginería, etc.) procedentes en su mayoría de iglesias, ermitas y templos de toda la geografía cántabra. Las monjas dirigen, además, un prestigioso taller de restauración de obras de arte. Muy cerca de este convento se halla la casona de los Sánchez Tagle, cuya fachada luce otro de los monumentales escudos heráldicos que pueden contemplarse en la localidad, a la que algunos lugareños llaman la «villa de tres mentiras», ya que por extraña y curiosa paradoja Santillana del Mar ni es santa ni es llana ni tiene mar. Para completar nuestro recorrido podemos acercarnos al convento de San Ildefonso (siglo XVII), regentado por una comunidad de Madres Dominicas que elaboran artesanalmente una exquisita repostería, y al Campo Revolgo, un agradable espacio verde sombreado por hermosos robles. La Capilla Sixtina del arte Cuaternario.
A escasos dos kilómetros de Santillana se halla la cueva de Altamira, tal vez el yacimiento prehistórico más importante del mundo, que reúne en su interior una inigualable colección de pinturas, dibujos y grabados plasmados hace unos 15.000 años por los primeros artistas de la historia, cuyo talento y capacidad creativa todavía causan admiración en nuestros días. Altamira fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1985. Corría el año 1879 cuando la hija de Marcelino Sanz de Sautuola, que solía acompañar a su padre, típico noble del siglo XIX aficionado a la arqueología, en sus rastreos por la zona en busca de fósiles, huesos y objetos prehistóricos, descubrió en el techo de una de las galerías de esta caverna unas extrañas figuras de animales. Salían a la luz, de este modo, las pinturas rupestres de Altamira: fantásticos frescos polícromos de bisontes, ciervos, toros y otros animales de tamaño casi real cuyos autores habían aprovechado las grietas e imperfecciones de la roca para crear efectos de movimiento y relieve. En un principio, la comunidad científica tachó a Sanz de Sautuola de farsante y negó la antigüedad de aquellas pinturas, posiblemente porque no estaba preparada para replantearse todo lo que se sabía hasta entonces sobre el origen de la humanidad. Su autenticidad no fue reconocida hasta 1902, en buena parte gracias al descubrimiento de otras muestras de arte rupestre en las cuevas de Pair-non-Pair (1892), La Mouthe (1895) y Font de Gaume (1902), todas en el sur de Francia. Los casi 300 metros de largo de este santuario del arte paleolítico se articulan en distintas dependencias, entre las que destaca el célebre gran salón, conocido también como la capilla sixtina. La altura de su techo oscilaba originalmente entre 80 centímetros y 2 metros, pero hace años fue rebajada para facilitar la visita y la contemplación de una manada de bisontes rodeada por una cierva, varios jabalíes y muchos signos hasta ahora indescifrados. Sorprende la precisión de los dibujos, sobre todo si se tiene en cuenta que el reducido espacio no permitía al autor, o autores, tener una visión global de la escena. De gran interés son también la sala del pozo y la galería cola de caballo, donde podemos contemplar otros dibujos de animales, figuras humanas con cabeza de animal, manos, máscaras y signos rituales. Hasta 1977 no existían requisitos previos para acceder a la cueva, pero el grave peligro de deterioro que corrían las pinturas, debido sobre todo a la alteración del especial microclima de la caverna y a la acción humana (algunos llegaron incluso a dejar su firma en las paredes rocosas), llevó a los expertos a cerrar la cueva. Desde su reapertura, en el año 1982, la entrada está limitada a veinte personas diarias por lo que para visitarla hay que solicitar un permiso con dos o tres años de antelación al Centro de Investigación de Altamira. Esta larguísima lista de espera fue el motivo de que se pusiera en marcha un proyecto para crear una réplica exacta del gran salón y de otras pinturas en los aledaños de la caverna original. Hoy en día una realidad que merece la pena visitar y conocer. En el mismo recinto de la cueva de Altamira se hallan el Museo Didáctico, una sala de video, la biblioteca y la cueva de las Estalactitas, mientras que en las cercanías se puede visitar la localidad de Puente de San Miguel y el zoo de Santillana. Éste ocupa una superficie de 35.000 metros cuadrados e incluye especies animales de los cinco continentes, algunas de ellas en peligro de extinción. Cuenta también con un acuario y un jardín de mariposas. En cambio, en Puente de San Miguel encontraremos la ermita donde se celebró la reunión que dio origen al nacimiento de la provincia de Cantabria, así como el Jardín Histórico, donde se halla el que fue palacio de verano de Sanz de Sautuola. Limones y arte colonial.
Desde Santillana del Mar proseguimos nuestro recorrido por la cornisa cantábrica en dirección a Comillas. La comarcal 6316, a su paso por Oreña, nos permite contemplar la bella ermita de San Bartolomé, sencilla pero con hermosos y sorprendentes detalles en su fachada, tan sorprendentes como el elevado número de tiendas de antigüedades reunidas en este pequeño pueblo. Un poco más adelante encontraremos un desvío hacia Novales, peculiar población donde, gracias a su especial microclima de rasgos mediterráneos, se cultivan abundantes y excelentes limones, un producto nada habitual en esta zona de la península española. Gozan estos cítricos de merecida y antigua fama, ya que, al parecer, en tiempos pasados los navegantes cántabros consumían en alta mar gran cantidad de limones de esta localidad para evitar las epidemias. Conserva Novales una interesante edificación religiosa de estilo renacentista, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, fundada en el siglo XVI y con interesantes retablos barrocos en su interior. A su alrededor se concentran distintas casonas señoriales con hermosas verjas de hierro y amplias solanas. Por supuesto, cada una de ellas posee su propio huerto de limoneros. Desde Novales resulta recomendable realizar una breve visita a dos localidades vecinas, Toñanes y Cigüenza. La primera nos ofrece los restos de una necrópolis medieval, así como espectaculares vistas desde un acantilado llamado El Bolau, mientras que en la segunda hallaremos un nuevo ejemplo de esos magníficos palacios, mansiones o templos que nos han dejado en herencia las nobles familias y las distintas órdenes religiosas que se asentaron en Cantabria: la iglesia de San Martín. Construida en el siglo XVIII por deseo de un indiano, el primer conde de la familia de los Tagle, constituye uno de los monumentos más relevantes del patrimonio histórico artístico de la región. Las dos torres que flanquean la magnífica portada demuestran claramente la influencia del arte colonial —Juan Antonio de Tagle, el impulsor de la obra, llegó a ocupar un alto cargo del Virreinato de Perú, a donde había emigrado de niño. El pequeño encanto de Cóbreces.
Nuestra próxima parada es Cóbreces, un entrañable caserío que surge en un entorno paisajístico de gran belleza. Situado sobre una colina cercana a la ría de Luaña cuyas lomas están parcialmente cubiertas por prados de siega, base de la economía de esta zona, nos sorprenden enseguida las blancas siluetas de dos magníficos edificios que, a pesar de todo, no desentonan en el verde colorido de un ambiente típicamente rural: el monasterio de Santa María de Viaceli y, a su lado, la iglesia de San Pedro Advíncula. El primero, construido a principios del siglo XX, es fruto del testamento del último miembro de la familia de los Quirós, cuya postrera voluntad fue que, en el lugar que ocupaba la casona familiar, se fundase una abadía de religiosos trapenses, originarios de Francia, con el objetivo de que éstos se dedicasen a la enseñanza de las técnicas agrícolas. De estilo neogótico, el edificio destaca por los bellos arcos de las ventanas de la fachada y por su cimborrio octogonal. Además de sus deberes espirituales, los monjes del monasterio, que dispone de una moderna hospedería de 17 habitaciones, elaboran y venden los sabrosos quesos de Trapa, así como chocolates, licores y mermeladas. La iglesia de San Pedro Advíncula, que data de la misma época, exhibe dos torres de más de 30 metros de altura que reclaman la atención del viajero desde varios kilómetros de distancia. Como el monasterio, la iglesia es obra de jándalos, los Villegas, y cuenta con hermoso jardín y valiosa biblioteca. Para completar la visita a Cóbreces, nos acercaremos a la ermita gótica de Santa Ana, sin olvidar que el pueblo cuenta con la pequeña pero encantadora playa de Lueña, concurrido punto de atracción turística rodeado de magníficos prados verdes. Un lugar de tradiciones.
Tan sólo 10 kilómetros nos separan de Comillas, pero los bellos parajes costeros por los que discurre con suavidad la C-6136 todavía nos ofrecen nuevas posibilidades de descubrir sorprendentes panorámicas y encantadoras aldeas. Si Fresnedo nos permite contemplar espléndidas vistas de la zona, en Liandres podremos conocer la casona de los Reyes y la ermita de la Virgen de los Remedios, construida en 1880 y donde, el 2 de julio de cada año, se celebra una multitudinaria romería. Sin embargo, en este pequeño tramo de nuestro itinerario la población más interesante es Ruiloba, típico pueblo montañés que antaño tuvo un importante puerto comercial. El centro urbano, algo apartado de la comarcal, se halla en el barrio de la Iglesia, donde vistosos ejemplos de casonas señoriales, con espléndidos blasones heráldicos, plantas exóticas o férreas verjas —signos inequívocos de la antigua presencia de indianos—, se concentran alrededor de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. El templo actual fue construido a finales del siglo XIX y destaca por la afilada figura de su puntiaguda torre. Ruiloba es sin duda un lugar de tradiciones, reflejadas, por ejemplo, en la fiesta del Mozuco, que se celebra el nueve de septiembre e incluye una popular romería hasta la ermita de la Caridad. Así mismo, las gentes del lugar han sabido hacer perdurar antiguos bailes, como las danzas de Las Lanzas o la de los Picayos. El pueblo dispone también de una buena oferta hostelera y los que decidan pernoctar en la localidad no quedarán defraudados si lo hacen en La Cigoña, una antigua casona rural restaurada y decorada con muebles de época cuyo restaurante goza de mucha popularidad por la calidad de su cocina tradicional. La villa de los arzobispos.
Es éste el sobrenombre que recibe Comillas, pues cinco hijos de la villa llegaron a ser ilustres prelados. Ciudad monumental, noble y aristocrática, alcanzó su máximo apogeo a finales del siglo XIX, cuando el rey Alfonso XII, y con él su Corte, la eligió como lugar de veraneo. Coincidió esta época con un periodo de gran auge artístico que culminó en las primeras manifestaciones del modernismo catalán. El impresionante legado artístico y arquitectónico deslumbra cada año a miles de visitantes. Y todo gracias a un mecenas, Antonio López y López, indiano por supuesto, que fue nombrado marqués de Comillas por Alfonso XII y que decidió utilizar su fortuna para convertir su ciudad natal en un auténtico tesoro monumental. Sin embargo, los orígenes de la ciudad son mucho más humildes: unos hombres de mar de San Vicente de la Barquera, empobrecidos a causa de un incendio que afectó a gran parte de esta villa, decidieron buscar otro lugar en la costa para poder continuar con su oficio de pescadores de besugos y ballenas. De este episodio deriva también el nombre de Comillas —ciudad que fue el último puerto cántabro en abandonar la pesca de ballenas—, ya que los pescadores se asentaron a cinco millas de Santillana y el nuevo enclave pasó a denominarse «Cin...Comillas». O al menos eso dice la leyenda. Hasta el siglo XIX, la villa fue poco más que un discreto puerto pesquero, pero en ese siglo apareció la figura del marqués de Comillas, que hizo fortuna en Cuba y, una vez que hubo regresado, contrató a artistas y arquitectos catalanes y financió la construcción de los numerosos edificios y monumentos modernistas que marcan el aspecto de la población. Buena prueba de la gran amistad que unía al marqués con el monarca Alfonso XII fue el Consejo de ministros que se celebró en Comillas en el año 1881, acontecimiento que fue aprovechado para instalar luz eléctrica en la ciudad, que se convirtió, por tanto, en la primera localidad española en disponer de este tipo de alumbrado. Modernismo catalán en Cantabria.
En 1881, el marqués encargó al arquitecto catalán Joan Martorell la construcción de su propia residencia palaciega, el Palacio de Sobrellano. De suntuoso estilo neogótico, destaca por su desbordante fachada con abigarrada ornamentación. Gestionado por el Gobierno Regional de Cantabria, el edificio acoge en la actualidad distintas exposiciones. La capilla anexa es el panteón de los Marqueses de Comillas, donde reposan los restos del marqués y de su familia. Destacan en la capilla las esculturas de mármol realizadas por Llimona, así como algunos muebles (bancos, reclinatorios, etc.) cuyo diseño fue encargado por Martorell a uno de sus colaboradores más aventajados: Antonio Gaudí. A unos 100 metros del palacio se halla el palacete de El Capricho, genial y extravagante obra del propio Gaudí en la que se refleja totalmente su desbordante imaginación y su característica despreocupación académica. Construido por encargo de un pariente del marqués, Máximo Díaz de Quijano, el edificio es uno de los más visitados de la villa y está repleto de sorprendentes detalles, como las flores de la torre del mirador, al que se accede por una escalera de caracol, las barandillas de los balcones, que tienen forma de banco, o las vidrieras de colores. Declarado monumento histórico-artístico en 1969, ha sido reconvertido en restaurante. Desde el parque al que se asoman ambos edificios se divisa la monumental figura de la Universidad Pontificia, situada en lo alto de una colina desde la que se puede contemplar toda la costa. Proyectada por los arquitectos Martorell, Cascante y Doménech, ocupa una superficie de más de dos hectáreas y, estilísticamente, ofrece un impresionante compendio del modernismo catalán. Durante el verano se organizan visitad guiadas. En dirección al puerto encontraremos el cementerio de San Cristóbal, obra de Lluís Doménech. Sobre uno de sus muros sobresale el Ángel Exterminador, realizado por Llimona y cuya mágica e inquietante silueta representa la angustiosa disputa romántica entre belleza y muerte. Destaca también el mausoleo de la familia Piélago. Aunque el cementerio suele estar cerrado, desde la espléndida puerta con verja de hierro se podrá admirar perfectamente la escultura del ángel. Una vez completada esta ruta modernista, conviene perderse por las calles del casco antiguo de Comillas para saborear su encantadora atmósfera medieval. La villa nos descubrirá una hermosa plaza medieval, donde se hallan el ayuntamiento y la iglesia de San Pedro, o pequeños tesoros escondidos en casi todos sus rincones, como el monumento al marqués de Comillas o la fuente de los Tres Caños, diseñados ambos por el ya mencionado Doménech. Callejeando, encontraremos también un buen número de casonas, mansiones o palacios, como la Casa del Duque, el Ocejo, el Casal del Castro o «La Coteruca». Merece la pena, por último, acercarse hasta el pequeño puerto pesquero, impregnado del típico ambiente marinero. Muy cerca está la playa, cuyas magníficas arenas blancas ya fueron disfrutadas por el rey Alfonso XII y su familia. La Naturaleza también es arte.
Prácticamente a la salida de Comillas nos encontramos con la ría de La Rabia, un magnífico lugar para la observación ornitológica que está declarado parque de anátidas, ya que la ensenada, repleta de arboledas, atrae a infinidad de aves marinas migratorias. El visitante podrá tomarse un merecido descanso en estos magníficos parajes, en un acogedor restaurante donde se pueden degustar los sabrosos pescados y mariscos del Cantábrico. Mención especial merecen las exquisitas angulas que todavía se pescan en la ría. Donde la ensenada se junta con el mar se extiende un amplio arenal, la playa de Oyambre, que forma parte del Parque Natural de Oyambre, un espacio protegido de 5.000 hectáreas enclavado entre Comillas y San Vicente de la Barquera. Marismas donde anidan numerosas aves, un complejo dunar que acoge valiosas especies vegetales y animales (destaca la comunidad de reptiles), rías rodeadas de formaciones arbóreas y espectaculares acantilados se funden en un entorno de excepcional belleza paisajística y enorme valor ecológico. |
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